20 de mayo de 2015

PEPA Y ANA



I


Pepa era la líder de la clase.
Por algo era la mayor, la más fuerte, la que cuando volvía su mirada de gorgona hacia alguna de las otras la hacía temblar por dentro y por fuera... 
La que se sentaba justo delante de Miguel, el maestro, y se permitía con él ciertas licencias que ninguna de las otras hubiese ni siquiera imaginado.

Ya habría cumplido los 80.
Sí, estamos hablando de una clase de personas adultas a la que asistían aquellas que, en su momento –por unas causas o por otras-, no habían podido.
Y allí hacían sus cuentas, sus dictados, sus ejercicios de lectura...

Y el maestro, más joven que todas ellas –no había ni un solo hombre como alumno-, procuraba hacerles pasar de forma entretenida aquellas dos horas que acudían allí cada tarde. Unas para quitarse un rato de la casa; otras con el verdadero afán de aprender; otras, en fin, para relacionarse un poco con otra gente, cotillear, reírse y después, de vuelta a la soledad de sus hogares de solteronas o de viudas que apenas recibían las visitas de sus descastados hijos.




Pues así era: Pepa era la líder, cuyas ácidas palabras todas temían. Nadie osaba enfrentarse a esa gran cabeza de pelo corto que había sido rojo y a esa cara ancha –como casi todo en su cuerpo-, llena de manchas pardas, ni a aquellos ojos pequeños de color verde claro que miraban fijamente desde detrás de unos párpados semivencidos.

Una tarde, el maestro sacó unas copias de una sopa de letras con el consabido mecanismo: había que localizar y señalar los nombres de los dibujos que rodeaban el marasmo de vocales y consonantes.

Al poco de repartirlas, Pepa arrojó la suya sobre la cercana mesa del maestro y, descompuesta, murmuró: “Eso no lo hago yo”.
El maestro, muy extrañado, observaba la cara lívida de la mujer y de ahí, pasaba su vista a la fotocopia. Y al fin comprendió: uno de los dibujos representaba a una serpiente y ya antes, en alguna ocasión, había notado que Pepa rehuía hablar de ese animal, le repugnaba su sola mención.

Así que, con un rotulador negro, emborronó el dibujo del reptil y se lo volvió a tender a su alumna con palabras tranquilizadoras. Con extremas precauciones, ella lo fue acercando hacia sí y, al ver el gran borrón negro, ya se decidió: “Así, sí.”



II

Con el paso de los días, esta fobia de la jefa de la clase, -que no mermó en absoluto su liderazgo sobre las demás-, fue siendo conocida –y comprendida- por todas.
Pepa, a veces, contaba anécdotas de la Guerra: terribles, truculentas historias de mutilaciones, dolor y muerte que hacían palidecer a algunas de las más jóvenes, que no habían vivido o no recordaban aquel horror.

Pero su zona tabú, seguía ahí: “Es que no puedo. No puedo. De cualquier cosa que me habléis, no tengo miedo. Pero es que de eso... Que no, que no puedo”.

Y así, una tarde, Ana, otra mujer que se sentaba dos sillas a la derecha de la jefa y algo más joven que ella, achaparrada y de manos pequeñas pero fuertes, le dijo: “¡Anda ya, Pepa! Pero si ese es un animal como otro cualquiera. Cuando yo vivía en el campo y me encontraba alguna, le daba con la azada hasta que la mataba. Y luego, la cogía y se la echaba a un vecino que le pasaba como a ti: un tío como un carro y salía corriendo sólo de verme caminando con el bicho muerto hacia él...”

Pepa no contestaba, sólo movía su cabeza como para evitar oír lo que la otra contaba. Y miraba al maestro queriendo decirle: “O la cortas tú o la corto yo.”  Y así, varias veces.
El maestro, viendo que se podía generar un conflicto, de pronto dio con la solución una tarde en que Ana había vuelto con el asunto. Y le preguntó: “Bueno, Ana, y tú ¿no tienes miedo de algún otro animal?

Ana palideció, agachó la cabeza y, con un hilito de voz respondió: “Si usted supiera de lo que a mí me da miedo”.
Ya todos estaban pendientes de su respuesta. ¿Qué sería lo que asustaba a aquella valiente?
¿De qué, Ana?, le preguntó el maestro, ¿de qué tienes miedo tú?
De las orugas, Miguel, de las orugas...”




18 de mayo de 2015

Cinco fobias raras pero reales


No es extraño que las personas sintamos miedo de algo, es algo innato de la naturaleza humana, pero cuando este temor es exagerado e irracional se convierte en fobia.
Este terror genera ansiedad y angustia, una sensación que inmoviliza o que obliga a correr en los casos más extremos.
Su nombre viene del griego fobos, que significa pánico.
La persona que lo padece no lo puede controlar y requiere de un tratamiento para superarlo.
Dado que la fobia controla a quien la padece, esto puede afectar eventualmente su vida.
Y dado que cualquier ser vivo, objeto, situaciones e incluso pensamientos pueden desencadenar una fobia, hay cientos de ellas.
Existen algunas que podríamos definir como más comunes, como la claustrofobia (miedo a lugares cerrados) y la agorafobia (miedo a lo contrario, a los lugares abiertos); sin embargo, podemos encontrarnos con algunas que son más raras pero no por ello menos importantes, según explicó a BBC Mundo Javier Savia, psicólogo general sanitario con amplia experiencia en fobias
Savia destacó cinco de ellas.

Hipopotomonstrosesquipedaliofobia

Esta fobia define el pánico a las palabras largas o complejas.
El miedo al ridículo es una de las causas de esta fobia.
También es conocida como la sesquipedaliofobia, para simplificar, al menos un poco.
Según Javier Savia, a raíz de esta fobia el sujeto tiene aversión y padece de nerviosismo cuando está involucrado en conversaciones donde se usan palabras extensas, difíciles y poco frecuentes, como, por ejemplo, en una charla académica.
No sólo le molesta oírlas, también pronunciarlas, por el temor a hacerlo mal y ponerse en ridículo.

Xantofobia

Pato de goma
La xantofobia es considerada como una de las fobias más raras.
Se define como un persistente, anormal e injustificado miedo al amarillo.
Se considera dentro del grupo de tipos de fobias más raras.
La persona puede llegar a sentir un miedo abrumador incluso ante el simple hecho de mencionar la palabra "amarillo".
"Aunque el miedo se acaba generalizando a todo lo que tenga que ver con amarillo, el punto de partida es la asociación de este color o bien con la enfermedad o bien con la muerte", dijo Savia.

Coulrofobia

Dentro de las fobias más extrañas debería incluirse una bastante extravagante e irracional: la coulrofobia o miedo a los payasos.
Una estrella de cine que reconoce sufrir de esta fobia es Johnny Depp.
En una ocasión declaró: "No sé si por la cara pintada o por la falsa sonrisa. Son espeluznantes. Siempre parecen estar al acecho, como si debajo de esa apariencia se escondiera un demonio".
A menudo se adquiere este miedo luego de haber tenido una mala experiencia con payasos durante la infancia, o por haber visto el retrato de un payaso siniestro (por ejemplo, el It de Stephen King, o el Joker de Batman).
No obstante, también puede deberse a la incapacidad de reconocer las intenciones de esa persona.
"Los payasos se disfrazan, se pintan la cara y se pintan una sonrisa ficticia, por lo que la persona que sufre este fobia siente que es incapaz de saber si le va a hacer daño o no", explicó el experto español.

Somnifobia

Seguro que todos hemos tenido días en los que no hemos podido dormir bien porque no logramos desconectarnos de nuestra rutina diaria o porque estamos demasiado estresados o demasiado emocionados para poder hacerlo.

Sin embargo, hay personas para las cuales dormir está asociado a un miedo irracional o desmedido ante el hecho de dormir, es lo que se conoce como somnifobia.
Según Savia, quienes padecen de somnifobia tienen miedo a morir durante el sueño, a no poder respirar y morir asfixiados y sobre todo a tener pesadillas y sueños desagradables y por lo tanto a dormir.
"Frases como 'qué bien que murió mientras dormía' pueden ser desencadenantes de esta fobia", señaló el especialista.

Fagofobia

La fagofobia es la fobia o miedo irracional a tragar o atragantarse.
"Los fagofóbicos suelen indicar que sienten la garganta más estrecha, lo cual les hace suponer que al tragar la comida, esta no podrá pasar y se producirá el ahogamiento", explicó Savia.
Según el psicólogo, en los casos extremos, las personas que padecen esta fobia sólo quieren comer alimentos fáciles de tragar, o mastican excesivamente.
Muchas veces es difícil de diagnosticar debido a que como algunos fagofóbicos dejan de comer, podría llegar a considerarse como un trastorno alimenticio, aunque está catalogada dentro de la categoría de "otras fobias".

Origen de la fuente: BBC Mundo

15 de mayo de 2015

Hay algo más

Durero (Fuente: Internet)

Hay algo más que el miedo .....


Me precipito en la nada,
un paso más allá de las márgenes inertes,
perdida la razón en la soledad indómita de mi piel
donde aparece herido grave el equilibrio
y se hace pedazos el cristal blanco de mis repetidas auroras.
Hay algo más en este abismo desorbitado y áspero
que se enrosca con prisas en mi sangre,
algo más que disfraza de pasiones la implícita demencia,
devenir que descubre el aire terco y árido
de tantas tardes derrotadas,
de tanto fiero y crecido desvarío,
silencio que encharca el corazón y lo proscribe,
imágenes que anegan mis iris de tristezas.
Más tarde intentaré, aterida, despertar el fuego
hasta dejarme arrasar por las silenciadas voces.

(de octubre 2004)