20 de diciembre de 2014

El Olentzero, el Papá Noel Vasco




En Euskadi, Olentzero es el personaje encargado de anunciar la Navidad y repartir regalos entre los niños y niñas la noche del 24 de diciembre. Ese día, recorre las calles lanzando caramelos a los niños y niñas que pueden entregarle sus cartas. Además, numerosos coros salen al atardecer cantando la historia del Olentzero y pidiendo dinero, acompañados por un muñeco que lo representa o con una persona disfrazada de carbonero. Al anochecer, se le da fuego al muñeco. 

El Olentzero, descrito en las canciones populares como un tipo pillo y bonachón, recoge la tradición pagana pre-cristiana de la celebración del solsticio de invierno, que está muy relacionada con el fuego. En sus orígenes, se le llamaba Olentzero al tronco con el que se alimentaba el fuego de la chimenea en Nochebuena. Al día siguiente, las cenizas de ese fuego se esparcían ante la puerta principal del domicilio, con el fin de proteger durante todo el nuevo año a la propia casa y a sus habitantes. 

Según la mitología vasca, los gentiles bajaron de las montañas avisando de la llegada de Kixmi (nombre que los gentiles daban a Cristo). Uniendo ese elemento mitológico con la tradición del tronco y el fuego, nació la figura de este personaje representado como un carbonero. Éste tiene noticia del nacimiento de Cristo mientras está trabajando en el monte y baja a los diferentes pueblos para dar la Buena Nueva. 

En el siglo XX, el Olentzero tomó una característica de personajes similares como Papá Noel, Santa Claus o Los Reyes Magos y comenzó a traer regalos a los niños y niñas el día de Navidad. 

Hoy en día, se puede visitar el caserío del Olentzero Izenaduba Basoa en Mungia, junto al Parque Uriguen. Se trata de uno de los caseríos más antiguos de Euskadi y en él se puede admirar durante todo el año el mundo mitológico euskaldun.


16 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad




El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana les obligaron a dejar el regalo porque pasaba unos pocos kilos del peso máximo permitido y el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando estos llegaron, murmuraban algo contra los oficiales interplanetarios. 


-- ¿Qué haremos?
-- Nada, ¿qué podemos hacer?
-- ¡Al niño le hacía tanta ilusión el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.
 -- Ya se me ocurrirá algo --dijo el padre.

-- ¿Qué...? --preguntó el niño.


El cohete despegó y se lanzó hacia arriba al espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, donde no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neyorquinos, el niño despertó y dijo:
-- Quiero mirar por el ojo de buey.

-- Todavía no --dijo el padre--. Más tarde.
-- Espera un poco --dijo el padre.


El padre había estado despierto, volviéndose a un lado y a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había tenido que dejar en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, si daba resultado, haría que el viaje fuera feliz y maravilloso.
   
-- Hijo mío --dijo--, dentro de medía hora será Navidad.


La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño lo olvidaría. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

-- Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometisteis. 

-- Sí, sí. todo eso y mucho más --dijo el padre.

-- Pero... --empezó a decir la madre.

-- Sí --dijo el padre--. Sí, de veras. Todo eso y más, mucho más. Perdón, un momento. Vuelvo pronto.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

-- ¿Puedo tener un reloj? --preguntó el niño.

Le dieron el reloj, y el niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.

-- ¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?
-- Ven, vamos a verlo --dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

- No entiendo.

-- Ya lo entenderás --dijo el padre--. Hemos llegado.


Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.
-- Entra, hijo.
-- Está oscuro.

-- No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. el niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.
 -- Feliz Navidad, hijo --dijo el padre.


Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

Ray Bradbury