19 de abril de 2014

El amigo





No envidiéis mi alegría, mi salud ni mi canto;
no envidiéis lo que sueño, ni envidiéis lo que digo.
Todo eso vale poco, por más que cueste tanto...
Pero, eso sí: envidiadme la amistad de este amigo.

Envidiadme la gloria de esta firme confianza
cuyo sentir profundo ni en bien ni en mal se altera,
porque yo siento mío lo que su mano alcanza,
y en él es permanente mi dicha pasajera.

Envidiadme este amigo que me mira de frente,
pues ni lo acerca el triunfo ni lo aleja el fracaso,
y él madura en espiga lo que en mí fue simiente,
y yo duermo en su lecho pero él bebe en mi vaso.

No importa si estoy solo, pues siempre está conmigo,
y mis propias arrugas lo van haciendo viejo...
Ah, sí, envidiadme todos la amistad de este amigo
que refleja mi espejo.


Autor: José Ángel Buesa


17 de abril de 2014

AMISTAD REAL



¡Dichosa la persona que pueda contar con la amistad, con la verdadera amistad! La amistad verdadera es aquella que se da sin esperar nada a cambio, sin ningún ánimo de lucro. Es aquella que se siente cuanto menos se lo espera. ¡Cuántas veces se ha errado en ello! ¡Cuántas veces se ha tenido de la persona que menos se esperaba!
¿Se elige la amistad o, acaso llega a cada cual sin avisar? ¿Se ha de cambiar con la amistad o hay que ser como cada cual es?

Verdadero regalo y tesoro es hallarla; y verdadero dolor el creer que existía cuando no había nada, cuando sólo era una máscara encubriendo tan preciado significado.
Nada hay más hermoso que dar y recibir amistad: confianza, sinceridad, cariño, empatía, voluntad, respeto y, si es sana, longevidad.

Una amistad verdadera, real, no debiera morir jamás; la distancia sería inalcanzable pues la cercanía es lo que en ella debiera habitar.
Triste es hallar su ausencia aunque, a veces, como suele decirse "es mejor estar sólo que mal acompañado".

La persona necesita de amistad, de comprensión, de calor humano; sin embargo, no siempre esto sucede.
Amistades se pueden hallar físicamente como a través de la red. El engaño, la falsedad, así como la sinceridad y la existencia de tan preciado tesoro existen en ambos casos. En cualquier caso, existe esa conexión que proporciona el sentimiento de conocerse, de acortar distancias, de intercambiar impresiones, sentimientos, deseos...

¿Hay alguien que no desee amistad? ¿Qué hace el hallar verdadera amistad o sentir la fría soledad? Hay mucha soledad y hay verdadera amistad. Otra cosa son conocidos, compañeros, personas que rodean a cada cual; pero amistad, lo que se dice amistad, aparentemente existe para aquellos que no tienen hombro en quién arrimar, confianza en la que basar, inestabilidad en las personas con las cuáles cree que puede contar.

         La verdadera amistad es un tesoro, algo que llena al corazón y le hace levantar aun cuando el sentido de su vida no tenga sentido alguno. Una verdadera amistad jamás reprocha lo que ha hecho por otra, pues el verdadero valor de la misma reside que cuanto se hace se hace con el corazón y con el cariño y eso es algo ... que jamás es reprochable.


         NO HAY TAN INTENSO TESORO COMO UNA AMISTAD REAL.




15 de abril de 2014

LOS AMIGOS

Aun cuando sea fiel y bien intencionado, un compañero siempre acongojado y gimoteador es un enemigo de la tranquilidad. (Séneca)

A lo largo de la vida uno va conociendo a muchísimas personas, de las que con un buen número de ellas llega a trabar relación. Aunque sin saber explicarlo, con ciertas personas nos basta apenas unos minutos para que ese trato se convierta en mutuo interés y acabe en amistad, pero en cambio otras entran en nuestras vidas mucho más lentamente: coincidencia en los gustos, en los caracteres, en el enfoque de las cosas…   No hay una regla ni una escala con la que calibrar esa sintonía que se produce o no y que de hacerlo es recíproca o no funciona.




Muchas de las personas con las que nos relacionamos van de chistosos y le sacan el aire divertido a todos los temas; mientras otros llevan permanentemente la careta del desconsuelo y se pasan la vida lagrimeando y haciendo de la relación un trance de amargura donde no tiene cabida la ilusión ni la esperanza, lo cual termina por amargarnos. Tanto las alegrías como las penas exigen la justa medida. Una persona que sólo habla de banalidades es un sin sustancia que tiene poco fondo y apenas nada que decir; el que se instala en el melodrama vive igualmente un mundo falseado y también insatisfactorio. No es que no queramos oír penas, que también, sino que el abuso, además de incomodar, cansa hasta al más paciente de cuantos exista.

Lo que resulta extraño es que con las muchas personas que uno conoce a lo largo del camino, a estas alturas de la vida, los verdaderos amigos los solemos contar con los dedos de las manos, incluso con los de una sola. Acostumbramos aplicar el adjetivo con mucha prodigalidad. En cierta ocasión, de forma muy distendida, me dijo alguien, refiriéndose a las masas de personas conocidas: “sí, esos son amigos de feria”. Amigos con los que compartir el aperitivo, las horas nocturnas ante una copa, las charlas de café –ya no se charla en las barberías, que, por cierto, ya no son tales sino boutique del cabello-; los verdaderos amigos son los que te quedan cuando se han ido todos tras haber sufrido un revés de fortuna, los que enjugan tu gimoteo y te consuelan, los que comparten contigo la miel y la hiel. En nuestro vocabulario nos falta un término con el que diferenciar entre los amigos y las amistades o conocencias.


13 de abril de 2014

Un silencio indescifrable



Las amigas
Desde hace unos días no puedo quitarme de la cabeza dos  palabras: fraude… estafa. Son tan contundentes como la sensación que me ha quedado tras su marcha y el abismo de silencio que ha puesto entre ella y yo. 
Desde que Elena apareció,  con ese estilo que yo califico de cuidadamente descuidado, y su peculiar  manera de acercarse a la gente, con pequeños, pero creativos  y mágicos detalles realizados por ella misma, mi vida cotidiana dio un vuelco. Compartí con ella ordenador, fiestas, cocina, comidas, ropa, viajes, fines de semana en el campo, amigas, familia,intimidades femeninas... Mucho.

Ha tenido la virtud de sacar de mí cosas escondidas, aspectos de mi personalidad que nunca había desarrollado; se podría decir que he descubierto la niña que hay en mí y que nunca se atrevió a salir. Por eso he vivido un tiempo de alegría pura y simple; de jugar con las palabras, de reírnos de nosotras mismas y, por qué no, de los demás, aunque siempre con la única intención de pasarlo bien y quitarle hierro a la vida.

Tuvimos que pasar por algunos desencuentros; erróneas interpretaciones de gestos, palabras, o actitudes que no siempre son comprendidas del mismo modo por todas las personas. Pero el afecto mutuo resolvió esas pequeñas crisis, porque ninguna quería perder lo que la otra le aportaba.

Elena solía afirmar que ha aprendido de mí a decir las cosas, a no callarse, sobre todo, lo importante, a no guardar pequeñas heridas sin sanar.  Creía haber encontrado, a través de nuestra relación, muchas claves para comprender lo que es una verdadera amistad y continuamente expresaba la suerte que tenía, lo importante que yo era para ella.

 Pero para mi sorpresa, todo eso que continuamente iba repitiendo, “sin querer regalarme el oído”, era su frase preferida, tras cualquier halago o simplemente cuando mostraba su admiración hacia algo que le gustaba de mi persona.  Repito: todo eso ha resultado una gran mentira, un tremendo fraude, porque lo suyo es el silencio, lo suyo son los secretos, las huidas, los pequeños o grandes misterios.

 Me siento vulnerable, muy desprotegida, porque con ella he sido tan transparente que no sé si queda algo de mi vida que no haya compartido en nuestros ratos de confidencias. Es una horrible sensación de desnudez emocional. 

 Me deja un sabor de boca amargo y rabia, mucha rabia. Porque, ¿qué me queda ante ese silencio frio,  desconsiderado, indescifrable, hermético y hasta despreciable?  ¿Qué queda de esa persona cuya presencia en mi vida se hizo hasta abrumadora durante tres años? Mi casa está repleta de regalos y detalles con los que diariamente me colmaba, como si quisiera con ello dejar un rastro y hacer creíble un afecto que traspasaba todos los límites de la sana amistad.

Nunca me sentí cómoda con tanta zarandaja. Se lo dije muchas veces: no me gustan las alabanzas en exceso. Apenas sé cómo recibirlas. Soy mujer de acción y pienso que es en mis actos donde me muestro. Ella se volcaba conmigo, pero su forma, era peculiar: daba mucho, pero ella quedaba a salvo; siempre se ha escondido. Ahora lo veo,  fue una gran mentira. Tal vez necesitaba mucho ser querida y aceptada y no encontró otro camino. No se me ocurre otra razón mejor para tanto apego y dependencia casi enfermiza. 
   
¿Cómo puedo entender este adiós sin palabras, de alguien que juraba haber encontrado en mí a la mejor amiga que nunca había tenido?  ¿Cómo puede pensar que algún día nos encontraremos y nos abrazaremos como si nada hubiese pasado? Ya no hay vuelta atrás, Elena. No confío en ti. Me has herido en lo más profundo y si algún día tienes la valentía de venir a verme, no pienses que estaré esperando tu abrazo, ni tendrás abierta la puerta de mi casa, como tantas y tantas veces.