25 de noviembre de 2014

LOQUITAS A MÍ


Seis o siete años tendría yo cuando conocí al chaché Benito. Ya por entonces era un viejecito arrugado y tostado por el sol. E inofensivo.

Yo salía con mi padre a dar tremendos paseos por el campo que, entonces, estaba a tiro de piedra de nuestra casa. Normalmente, en algunas ruinas o en algún pedregal que le resguardara un poco, nos encontrábamos, al ir o al volver con el chaché Benito.

Las palabras chacha y chaché denominaban aquí en mi tierra -ya no se usan- a la tía o el tío abuelo. Así era: el chaché Benito estaba casado con una tía de mi padre. Cuando nos encontrábamos, ellos charlaban un rato de pájaros, de vientos, de cómo venía la veta.

Y el chaché le ofrecía a mi padre un trago de vinillo blanco que bebía de una botellita forrada de esparto. Trago que, invariablemente, mi padre rehusaba. Y luego se despedían y proseguíamos nuestro camino mientras el chaché se volvía a sentar trabajosamente en una piedra, en un murete a medio derribar.

Mi padre nunca me contó pero, con el tiempo, fui sabiendo que el chaché había sido menudo elemento. Su cuerpo pequeñín almacenaba grandes dosis de mala leche que afloraba con la ayuda del alcohol y que descargaba sobre su pobre -y fea- mujer.

Porque la chacha Juana era fea con avaricia: bigotuda, de dientes grandes y nariz porrúa.
Y con su bondad enmarcada de falta de belleza aguantó los embates y los envites violentos del borrachín durante casi media vida.

Desde el día que se casaron: el bergante se fue con los amigotes, de farra. Y cuando volvió, ya pasada la medianoche, hasta las cejas de vinazo, se encontró la puerta cerrada; pero se las arregló, tan pequeño como era, para saltar por un balcón y entrar y buscar a su fea mujer recién estrenada, y sacudirle el anticipo de lo que iban a ser un montón de años de palizas, escándalos y roturas de los pocos enseres de que disponían. Y de hambres para los hijos que iban naciendo, ya que la paguilla de albañil se iba quedando en los cajones de las tabernas.

Y así iban las cosas. Y nadie hacía nada; porque entonces, ya se sabe.

Y a alguien -una hermana, la madre, una vecina-, se le ocurrió aconsejarle a la chacha Juana que, un día, cuando su marido volviera borracho y con ganas de gresca (¿cuándo no?) que se hiciera la loca, que comenzara a gritar, a hacer aspavientos y a lanzar objetos.
Y en mala hora. Porque Benito, que era chico y sinvergüenza, pero no tonto, se fue en busca de la fea falsa loca y, desde su estatura, le zurró más y más fuerte que nunca, mientras le gritaba:
-¡Loquitas a mí, loquitas a mí!

Ni se le ocurrió a la buena de Juana volver a interpretar; los ensayos para los artistas. A esconderse, a callar y a criar a sus seis niños lo mejor que pudiera con lo poco que le daba el bravuconcito y con lo que le iban ayudando su madre y sus hermanas, que entonces las familias estaban muy unidas, no como ahora.

Y, cosas del destino: curiosamente, la mayoría de sus hijos, ya de mayores, pusieron bares. Y no les fue del todo mal.




Imágenes: Antonio Mora.

22 de noviembre de 2014

Últimas noticias....



Llevar falda es motivo de agresión contra las mujeres en Kenia.



A pesar de la multitudinaria manifestación en defensa de la libertad de las mujeres para vestir como deseen del pasado 17 de noviembre en Nairobi, capital de Kenia, un grupo de hombres ha agredido y desnudado en público a otra mujer por "vestir indecentemente".




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Las mujeres marroquíes dan pasos hacia atrás

Entidades oficiales, ONG y asociaciones alertan de la elevada violencia de género y del retroceso laboral



Las mujeres marroquíes dan pasos hacia atrás

El fenómeno de los matrimonios con menores en Marruecos, que se han duplicado en el último decenio, se ha agravado con una nueva modalidad conocida estos días, las bodas exprés, firmadas por contrato entre los padres, con la duración de un mes y la posibilidad de devolución de la joven y la recuperación del dinero invertido: entre 20.000 y 60.000 dirhams (de 2.000 a 6.000 euros).
El testimonio conmovedor de esta secuela dramática de los matrimonios con menores, que se permiten de forma excepcional entre los 9 y 18 años, lo ofreció la semana pasada Zakia Chramo, directora ejecutiva de la asociación Ennakhil, en la presentación de la campaña nacional Ha'lach ("Es por eso"). Los tres colectivos feministas más importantes del país han puesto en marcha en radios y televisiones mensajes para sensibilizar sobre el problema diario de las mujeres en las calles (sobre todo el acoso, que también sufren las occidentales) y en las casas del país, y reactivar el flamante artículo 19 de la Constitución de Marruecos, promulgada en julio de 2011 e impulsada por el rey Mohamed VI ante el empuje de muchas protestas de jóvenes. El artículo dice que "las mujeres y los hombres deben disfrutar en igualdad de los mismos derechos y libertades de carácter civil, político, económico, social, cultural y medioambiental". Pero no se cumple.


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19 de noviembre de 2014

Canción a una niña muerta




A Francisco Espada, hombre solidario por excelencia le inquieta mucho el sentir comunitario. El año pasado, concretamente el 9 de septiembre los diarios publicaron la noticia de una niña yemeni de 8 años, que fue obligada a contraer matrimonio con un hombre que le quintuplicaba la edad. La niña murió en  su noche de bodas a consecuencia de las lesiones sexuales que sufrió.
Francisco realmente conmovido por la noticia, compuso el siguiente poema. Poema que podéis escuchar en la voz de Nerim, (sólo tenéis que darle al play),  al mismo tiempo que disfrutáis de la lectura. El poema lleva por título: 


Canción a una niña muerta



Le robaron la muñeca que adormecía
en su infantil regazo,
y la ofrecieron a ella como flor inmadura
a un cuarentón de caudales babosos
que desgarró sus entrañas pueriles
segándola por el tallo.

Sus padres decidieron por ella
el instante en el que dejar de ser niña
y tronchar su espiga;
así, a un tiempo,
le evitaban ese espacio baldío
y onírico de la pubertad,
tan desorientada y sin otra lógica
que las chifladuras de la juventud;
era aún fragilidad, en formación,
y padeció el vértigo de ese salto al vacío
donde, privada de las ensoñaciones
con príncipes o emires, con coronas o turbantes,
imaginarse tejiendo camisones con hilos de oro.

Todavía era flor de harina,
no había posibilidad de levadura en su seno
y la sometieron,
la mancillaron siendo promesa de ázimo
al riguroso calor extremo del horno
de la fructificación,
donde sólo habita la codicia,
la sed irracional del néctar primerizo.

Era un durazno incipiente, verde y rechinante,
y no resistió el filo embotado de la navaja,
pues toda ella era candidez naciente
que soñaba con muñecas
y aún aplazaba para años venideros
las fantasías de mocita casadera.

Era apenas futuro no conjugado
y quedó para siempre en la lujuria
de unas sábanas ultrajadas con su propia sangre.