
Apenas eran las ocho de la mañana y sonaba en la mesilla de noche la alarma programada del móvil, extrañamente , en estas circunstancias no me hiere este sonido, después de desperezarme durante breves momentos, me levanto de la cama, somnolienta, como siempre, con ese disgusto que me produce el abandonar el calorcito suave de las sabanas.
Diariamente sigo el mismo rito, me acerco a ver a mi hijo aún dormido en su cama y aproximándome lentamente le miro, y le doy un beso, al cual el responde dormido, pero mínimamente consciente, para preguntarme ¿Quieres que vaya contigo? No, cariño, no, sigue durmiendo.
Después, mi primer café con galletas. Corto. Ligero, pero imprescindible.
Apenas salgo por la puerta de mi apartamento ya percibo el olor fuerte penetrante a sal y la luz inunda mis ojos.
Estoy de vacaciones, pero espero cada día este momento para inyectarme de vida.
Bajo a la playa por un pequeño camino entre dunas y pinos, no son más de tres minutos, que me sirven para despejarme totalmente y mis sentidos se agudizan.
El contacto de mis pies desnudos sobre la arena mojada, fría, prepara indefectiblemente mi espíritu abierto a las sensaciones que busco.
Me gusta bajar a la playa a estas horas, libre del bullicio, vacía aún. Coincidimos pocas personas para lo habitual en otras horas, la mayoría, gente practicando deporte o grupos de mujeres caminando.
Busco otra cosa. Un día, hace años, descubrí el placer que me producía encontrarme casi a solas con ese mar imponente y muy amado por mi, y encontré mis silencios en sus sonidos, cada ola rompiendo distinta, con su matiz musical, mis pensamientos acompasados, mis esperanzas y mis ilusiones de futuro, mis sueños rotos, lo que quería y lo que quiero, la ansiedad para que el tiempo corriera rápido y la necesidad actual de pararlo.
Mi melancolía por lo que pudo haber sido y no fue, por haber aprendido poco a poco que la vida no esta hecha de grandes cosas, que la vida está ahí en esos ratitos donde lo importante es el momento y la manera de enfrentarte a el.
Donde las frustraciones por no conseguir lo que un día soñaste, no deberían ser más que pequeñas anécdotas de un diario que nunca se escribió.
Vuelvo a casa con el pan aún caliente recién hecho, el olor a café ………..
Eritia
El mar, fuente inagotable de sensaciones, emociones que nos invitan al disfrute y también a la melancolía, pero con sabor a sal, la sal de la vida.
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