por Carlos Enrique Cabrera
Hay muchas formas de muerte y consecuentemente muy diferentes y variados tipos de cadáveres. De una manera o de otra a todos nos espera (en su justo y preciso instante, con bastante probabilidad ya perfectamente establecido y señalado…) la parca, el definitivo zarpazo de la pelona, de la descarnada dama enguadañada. Y por ello seria bueno (y aun recomendable y necesario) que nos preparemos debidamente para cuando nos llegue ese momento de “pasar a mejor vida”.
Más aún: siempre he sostenido que vivir no es otra cosa que un contrapesar la muerte, un degustarla y paladearla incluso golosamente, por adelantado, para así, por
un lado, mejor disfrutar la vida (a plenitud y a fondo, como debe ser), que es breve y efímera como un soplo y, de otra, prepararnos (mediante la reflexión y la más vívida recreación mental de la misma) para ese instante definitivo y fatal en el que seremos arrebatados del mundo de los vivos definitivamente y para siempre.
Ésta es la muerte inevitable y a la que, por tanto, tan sólo nos queda plegarnos con resignación y con la mayor sabiduría y humana grandeza de la que seamos capaces, viviéndola como lo que en definitiva es (no entro ahora aquí en la consideración de la vida “plena y dichosa” en el Más Allá, como postulan las religiones): la última gran aventura en la que nos es dado participar y de la que somos protagonistas indiscutibles, diciendo, como escribiera en su día el gran poeta español Jorge Guillén:
“Como buen aventurero, cuando me muera, quiero saber que me muero.”
Pero hay asimismo nefastas formas de muerte, que nos convierten en abominables y repulsivos cadáveres, en muertos en vida, en muertos ambulantes, en auténticos cadáveres vivientes. Ello ocurre cuando claudicamos, cuando nos arrellanamos, cuando nos entregamos, cuando vaciamos de todo sentido nuestra existencia.
De igual forma entonces que afirmamos que “no hay peor sordo que el que no quiere oír”, deberíamos poder aseverar (creo) que “no hay peor cadáver que el de quien no quiere vivir o no vive auténticamente”. Esto es, aquél que se fabrica o se crea a sí mismo día a día a fuerza de renuncia y de molicie y de indiferencia y falta de voluntad de ser y de persistir anclado al duro suelo, a la cruda realidad rebullente y palpitante del devenir existencial, histórico y social.
Y así como podemos constatar la existencia de cadáveres individuales o específicos (el de Juan, el de Pedro, el de José), también podemos hacerlo con la de los colectivos. Son éstos los de aquellas sociedades sin pulso, sin vitalidad, sin verdadera tensión sanguínea ni aliento vital, sin auténtica vida ciudadana participativa, sin voces que se alcen en su seno señalando, denunciando, criticando el malhacer de sus políticos y las actuaciones punibles y no sujetas a la ley de su clase empresarial; conglomerados nacionales sin auténtica vida cultural y sin auténticos creadores de cultura, que no generan (en ninguno de los ámbitos de la humana actividad) una sola idea transformadora que suponga un significativo aporte humano universal.
Sí, ¿qué son algunas entidades colectivas del planeta si no pseudo estados sin personalidad propia, sin vida auténtica, arrastrados de forma permanente por la irracional ventolera de la Historia y su convulsos y oscuros oleajes de río revuelto?
Lo verdaderamente dramático o lamentable o terrible para un ser auténticamente humano no es morir fulminado por un rayo, un estrepitoso vehículo que nos asalta en un cruce fatal de caminos o una larga (o corta) enfermedad más o menos espantosa (la muerte inevitable), sino la muerte lenta del día a día que nos carcome de forma imperceptible el alma y el espíritu.
La peor y más dramática de las formas de la muerte es aquélla que nos convierte, perdida toda fe, toda ilusión, toda esperanza, todo aliento de lucha y de superación (individual o colectiva), en el peor y más lamentable de los muertos posibles: en auténticos muertos vivientes…
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Este texto fue publicado con anterioridad en la revista Caudal, año 7, número 27 , julio-septiembre de 2008