29 de enero de 2010

Está vivo.

El tiempo que nos sea dado vivir lo convivimos con nuestros semejantes y, según vamos viviéndolo, lo sobrevivimos eligiendo con quién lo vivimos. No es con los más próximos con quienes nos identificamos necesariamente; a veces son los más lejanos quienes nos cautivan. Porque los seres humanos somos distintos en lo superficial e iguales en lo profundo. Podemos hablar lenguas extrañas, adorar a dioses diferentes o a ninguno, tener aficiones distantes, ambiciones antagónicas, pero todos, absolutamente todos, hacemos un juicio moral, distinguimos entre el bien y el mal, de acuerdo con esa ley moral que, según Kant, llevamos en el corazón. Y algunos dan libremente la vida por defender en conciencia lo que creen que es el bien. Sócrates decide morir porque cree que obedecer a la ley de la ciudad es mejor que huir. Además de un gran filósofo, Socrates era un hombre cabal. No importa en dónde estén, qué sean, en qué trabajen, a quién recen o qué esperen, aquellos dispuestos a dar la vida por una causa (a darla, no a tomar la de los demás) siempre me han impresionado y con ellos me he identificado, especialmente si son (o eran) mis coetáneos. Con esos he elegido vivir mi tiempo, de ellos aprendo y con ellos me identifico mucho más que, por ejemplo, con mi vecino que cree que quien da la vida por una causa es un infeliz que no sabía vivir; ese vecino que confunde el vivir con el medrar.


Cuando vi Z, una película de 1969 de Costa Gavras, con guión de Jorge Semprún, interpretada por Yves Montand (por cierto, un valor descubierto por Edith Piaf), Renato Salvatori, Jean-Louis Trintignant, Jacques Perrin e Irene Papas, sobre el asesinato del pacifista griego Yorgos Lambrakis, quedé impresionado. Ayudó mucho la increíble banda sonora de Mikis Theodorakis. Un ejemplo del tema princial:




Lambrakis murió por defender la paz. Era médico de prestigio, podía haber vivido cómodamente en la Grecia de los coroneles, que tanto se parecía a la España de Franco, sin meterse en líos. Pero eligió luchar por una causa y dio la vida por ello, como Sócrates. Además de un médico de prestigio, Lambrakis también era un hombre cabal. Sólo algunos seres humanos son capaces de dar la vida por una idea. Y las ideas mueven el mundo.



La película es hermosísima, como su banda sonora. Además de mostrarnos un ejemplo insigne, una vida heroica, en el sentido de los los héroes de Carlyle, denuncia un tiempo y un país humillado y mutilado por una Junta Militar que había prohibido, aunque parezca increíble, lo siguiente (tomo la lista de Wikipedia): los movimientos pacifistas, el derecho a huelga, los sindicatos, el pelo largo en los hombres, los Beatles, cualquier otro tipo de música moderna y popular, Sófocles, León Tolstoy, Esquilo, escribir que Sócrates era homosexual, Eugène Ionesco, Jean-Paul Sartre, Antón Chéjov, Mark Twain, Samuel Beckett, la sociología, las enciclopedias o la libertad de prensa. También prohibía la letra Z, que aparece garabateada en la última imagen de la película, como un recordatorio simbólico de que "el espíritu de la resistencia vive" (en griego clásico, ζει o zei quiere decir "vive"). Escuchad la respuesta del artista Theodorakis.


Esa música tan vibrante, tan diáfana, tan popular, tan rítmica, tan extraña, la llevo en el corazón desde entonces.

1 comentarios:

  1. Gran personaje y buena, muy buena pelicula en la que lo mejor, como dices, fue su banda sonora, magistral e irrepetible (ahora que en el cine tanto se repite y repiten los mismos). Lastima que no existan mas Lambrakis
    Un abarzo.

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