Una profesora, bajaba a la realidad un concepto de la química: reacción en cadena. Casualmente, para ese momento de las clases escolares, leíamos acerca de los monos que comenzaron a lavar patatas en una isla, lejana a la que otros de su especie aprendían sobre higiene observando al ser humano. Crecer juntos.
Había una vez una mujer sentada al borde de un acantilado llorando, vivía en una pobreza tal que con su única cerilla malograda no podía calentar el biberón a su niño.
Salió de su casa y se sentó a llorar al borde de un acantilado, cerilla en mano; no se sabe a ciencia cierta cuánto tiempo pasó, si se sabe que, en algún momento, se preguntó repetidas veces ¿cómo salgo de esta situación?.
Otra mujer, que pasaba por allí de camino a la escuela con sus dos niños, al verla le preguntó:
- ¿Qué sucede?
Y la mujer al borde del acantilado levantó su rostro y le contó.
- ¿Vas a dejar que una cerilla te arruine el día? Levántate, lávate la cara y sigue adelante.
Y en verdad te digo que, si bien esta es una historia entre mujeres, pudo y puede suceder entre dos hombres, también.
¿Quieres saber más de esta historia? ¿De dónde ha salido o cómo la sé?
Fue la mujer que alguna vez en su vida fue la mujer sentada al borde del acantilado quien me la contó; y es por eso mismo que esta historia tiene una relevancia. Si hubiese sido la otra mujer, no sería menos relevante, es claro, sin embargo estaría tal vez teñida de la vanidad del ayudar.
Una mañana, que podría haber sido esta mañana, salí de mi casa buscando dialogar. No había pasado una buena noche, había soñado con perros salvajes queriéndome dañar, pero encontrando mis gruesas mangas, y me había despertado sobresaltada.
Como desde hace algún tiempo venía intentando descifrar algunas cosas en mi vida, estaba necesitando una buena comunicación, un diálogo que me nutriera de una manera especial. Y las dos entrevistas que tenía con dos personas se pospusieron, y con ello se pospuso un desgaste de energía que no tenía, casi, ya.
Entré visiblemente nerviosa a un comercio de la localidad, al que suelo acudir usualmente en mi día a día; se dio la buena conversación y, adentradas en el diálogo, surgió la historia personal.
¡Grande fue mi sorpresa al escuchar ese recorte de diálogo!
La mujer que se había sentado al borde de un acantilado a llorar, hoy propietaria de un negocio boyante, habló de sí con sencillez; y su historia personal, avalada por la sincera necesidad de aportar un poco de lo mucho que ese momento significó en su propia vida, acompaña este relato de superación personal.
Yo hacía 1 semana que no escribía y se lo hice saber, a menudo el ahorro de energía pasa por cesar sencillamente; le hablé de mis sueños y de mis metas sin presiones ni preguntas, sencillamente compartiendo historia de vida.
Cuando regresé a casa tuve varios intentos: intenté dormir, intenté leer para prestarle un libro del que hablamos, intenté limpiar la casa, intenté llorar, intenté culpar y culparme; intenté muchas cosas, como decía hasta que dí con mi verdad desnuda y me senté a escribir este texto que, espero, te haya gustado y llegado de verdad.
ANATA NAKAMI a tí que me lees.