
Yo era de los que acostumbraba planchar el suelo con los pies, en largas caminatas. Mi casa era siempre el punto de partida y de llegada, y mis rutas se extendían por toda Lima Metropolitana. No, no por toda. Por todo lo que para mí era Lima: cualquier sitio al que se pudiese llegar a pie desde mi casa.
La ruta San Isidro-Miraflores era como el Amazonas, y en una de sus afluentes (mis huecos), mis pies se deslizaban por El Olivar. Caminos de piedra sobre un grass en el que juegan los niños, se besan las parejas y cagan las palomas. Pero en un rincón que pocos conocen, casi al final de uno de sus costados, un árbol, un olivo, muy distinto de los otros. Inmenso, majestuoso, orgulloso. Con un tronco inabrazable y unas raíces inquebrantables. Y sus ramas, abrazando el cielo, dejan colgar unas barbas marrones. Un árbol viejo, sabio, que lo ha visto todo, se deja contemplar de día como de noche.
No muy lejos del árbol, en un pasaje peatonal, en la segunda banca, a veces en la tercera, un chica solía sentarse por las noches a conversar. A veces sola, acompañada de su iPod, ensayaba sorbos con un café. Era una escritora, una blogger medianamente conocida. Ése era su hueco.
Yo en el mío, preguntándome por qué el olivo se mantiene de pie, cómo resiste la inmortalidad. Cruzando la pista, en un jardín aledaño, encuentro la respuesta: Oliva, tan inmensa como el otro olivo, tan grande y tan plantada, con unas ramas que también abrazan el cielo pero que a veces, con la complicidad del viento, acarician aquéllas que el olivo estira.









