El otro dice adiós tras un mes de alta temperatura y metafísica. Muchas de las entradas han venido cargadas de sentimientos inefables que penetran en el alma de forma misteriosa pues se convierten en razón misma del ser sólo por el poder de la palabra de otro/otra. ¡Y cuántos otros/otras habrá descubierto quien haya leído todas las entradas! Todas, me parece, hacen llegar a la conclusión de que el otro, la preocupación principal de la filosofía de Levinas, siempre es otro yo. O sea, un desplazamiento, un distanciamiento, una perspectiva del problema esencial que es el yo. Ese ente misterioso que nos habita y, como Dios, no tiene nombre; ese ente que nos permite comprender en la palabra el mundo, el universo enteros con todas sus formas imaginables e inimaginables de vida pero que se detiene, se desconcierta cuando se encuentra ante otro yo que imagina tan poseído del misterio como él mismo.
De ahí que en la dialéctica del otro y el yo se produzca una sublimación cuando, gracias al espejo (que es siempre la puerta de la hiperrealidad) el yo se contempla como otro, se sale de sí y se interroga. En algunas de las fábulas más hermosas de la historia de la cultura hay algún espejo. Narciso representa el momento en que el ser humano se descubre desde fuera y se enamora de sí mismo. El ser humano es narcisista y, por tanto, racional. Perseo, que no puede mirar directamente a la Medusa, se vale de su escudo como espejo para matarla. A través del espejo pasa Alicia a su peculiar mundo en el que, entre otras cosas, el tiempo va hacia atrás.
Justamente el espejo es el elemento esencial de ese género tan extraño de la pintura que es el autorretrato. Los pintores, como Narciso, suelen pintarse a sí mismos. Algunos lo han hecho con tanta asiduidad a lo largo de su vida que sus series de autorretratos son como biografías icónicas: Rembrandt, Can Gogh, Picasso y otros. Todos los autorretratos son impresionantes porque nos permiten ver a otro con sus ojos. Y en algunos casos, por ejemplo con espejos cóncavos el resultado es delicioso, como en este autorretato del Parmigianino.
Los espejos cóncavos ya no se estilan, aunque fueron símbolo de riqueza, prestigio y poderío.
En una historia de E.T:A. Hoffmann, éste dice haber conocido en una Kneipe en invierno a Peter Schlehmiel, el hombre que vendió su sombra al diablo y también a otro que lo que había vendido al diablo era su reflejo en el espejo de forma que, al pasar ante uno de ellos le ocurría como a los vampiros: que no daba imagen, como si ante él no hubiera nadie.
Un buen día, mirándose en el espejo, el héroe de Pirandello en Uno, nessuno e centomilla descubre gracias a su mujer que no es el que creía que era. Y, así, descubre igualmente que es tantos como personas lo conocen y tienen una imagen de él, de modo y manera que la imagen que de él tiene él mismo no existe para nadie más.













