30 de septiembre de 2010

PASEO NOCTURNO

Y al concluir la cena conmemorativa de antiguos alumnos, ya en la puerta del restaurante, decidí dar un paseo en dirección al mar. A estas alturas de la vida no seguía la velada con las copas de antaño, cuando aturdidos por la compulsión de bebernos la noche nos explayábamos entre trago y trago ejerciendo, probablemente, la potestad de la juventud. Ahora la pátina de las canas y de las arrugas, por más que disimuladas, serenaba toda excitación. Así que, solo, empecé a andar calle abajo en la cálida noche de junio. Luces y sombras al paso de aquel periplo extemporáneo e intuitivo. Barrio de Poble Nou.

Llegué a la altura del viejo cementerio, un camposanto engastado en la vecindad secular de casas, fábricas y talleres, y hasta de ropa tendida en los balcones de los aledaños. Allí reposaban mis antepasados, en uno de aquellos bloques de nichos tan ordenados por la divina gracia de lo funerario. Nostalgias. Me vino a la mente aquel día soleado de enero en el que de forma natural y solemne despedimos el duelo a las puertas del recinto, con un sol mediterráneo que borraba lágrimas y hacía brillar festivamente las palmeras. Muy cerca de la playa. Tan cerca del remoto origen de las especies. Sin embargo, esa noche, el lugar parecía dormido. Durmiente. Por vez primera estaba próximo a todos ellos sin protocolo, a escasos metros. Les mandé un abrazo y seguí por la acera hacia el mar.

Crucé el viaducto sobre la Ronda Litoral. Hacía calor y apenas soplaba la brisa húmeda de la ribera. No estábamos en verano todavía pero la densidad de la noche se notaba por doquier, volaban los insectos alrededor de las farolas y se oían algunas risas a lo lejos, entrecortadas por el zumbido de la circulación. Una pareja se achuchaba en el pretil del viaducto. Me acerqué en el trayecto sin prestarles demasiada atención. Uno debe permanecer ajeno a las pasiones ajenas, pero al rebasarlos comprobé que estaban fornicando en una extraña y disimulada postura. Apenas susurraban. Posaban fuertemente enlazados, como dos autómatas. Solo recuerdo el recogido moño de ella y las zapatillas deportivas de él. Todo lo demás lo obvié, por prudencia, o tal vez por respeto. Doscientos metros atrás descansaban los muertos. Debajo circulaban veloces los automóviles. Encima el firmamento lucía cuajado de estrellas. Me costó asimilar ese collage de emociones pero proseguí mi paseo hasta la playa sin hundirme en profundas reflexiones.

Caminé mientras contemplaba la concurrencia animada de los chiringuitos. La música, nada estridente, sonaba acompasando las voces y risas de una clientela que, muy relajada, libaba caipiriñas autóctonas y gin-tonics de garrafa, probablemente. Pero un cierto glamour, de medio pelo, flotaba en el aire perfumado de hibiscos y trazas de mar urbanizado. Más allá los top manta, como arcaicos buhoneros, exhibían sus mercancías de plástico, ojo avizor a la guardia urbana y pies engrasados para correr a lo plusmarquista si llegaban los maderos. Yo había recuperado las buenas vibraciones que volvían a fluir por el vórtice de la madrugada, hasta que unas luces destellantes de color naranja y otras azul platino me sobresaltaron. Había ocurrido algo al final de la avenida y esos fulgores bicolores lo anunciaban. Inequívocamente. Con la inercia de esa curiosidad insana que casi todos padecemos me aproximé aligerando el paso.

En el bordillo estaba sentado un superviviente de la heroína, en apariencia de unos cincuenta y muchos años, rodeado por una patrulla de los Mossos. No estaba herido sino detenido por haber atacado violentamente a la ambulancia. Le había roto los cristales con algún objeto contundente cuando venían a por él, acaso por una de esas llamadas anónimas y piadosas de los transeúntes que lo vieron enfermo. En efecto, su aspecto era deletéreo, demacrado y sucio, puro ejemplar del ejército de la miseria irreversible. Los agentes levantaban el atestado, los sanitarios, chalecos calabaza sobre sus uniformes, custodiaban su vehículo con la luna delantera destrozada como si de un choque con parte de declaración amistosa se tratara. Volví a sumirme en una especie pensamiento desangelado y busqué antecedentes en mi memoria, pero nada. No recordaba nada similar en mi vida.

Seguí por la dársena del Puerto Olímpico, pasando página del incidente. Hordas de jóvenes, y no tan jóvenes, transitaban alrededor de las discotecas y locales del puerto como en un gigantesco hormiguero que olía a marihuana y a perfume barato. Les observé con cierto detenimiento y vi la misma cara en todos ellos, la cara de la evasión. No era la de la diversión. Eran prófugos de un insondable aburrimiento cotidiano huyendo hacia unas cuevas sin salida que estaban a rebosar. Meciéndose en las aguas, los yates y embarcaciones de recreo parecían languidecer frente a ese trasiego tan poco marinero. Allí no había lobos de mar, tan solo tiburones de la noche y camellos en las esquinas. En ese momento debería haber concluido mi surrealista paseo pero ese insomnio veterano que a todas partes va conmigo aún me iba a deparar una coda estrambótica. Crucé entre las manadas de crestas con brillantina y tacones de aguja y entré el Gran Casino. Lo de Gran no correspondía a su grandeza.

Lo único estricto en los casinos de hoy en día es que no se puede fumar (salvo en una reducida zona donde se juegan las grandes sumas). Las apuestas y las indumentarias son al libre albedrío, eso sí, con fichas cambiadas por dinero de curso legal tras un chequeo electrónico que te deja con cara de bobo hasta el visto bueno. Me identifiqué a la entrada, pasando por un mostrador muy similar al de los aeropuertos con su azafata, que se lee tu documento de identidad y hasta se permite comentar las excelencias del vino de la tierra en la que vives. Una vez en la sala comprobé esa extraña maniobra de cambios de crupieres. Nunca he sabido el porqué exactamente. Desembarcados de algún carguero chino o coreano una caterva de tripulantes vestidos de forma desaseada apostaba sin cesar. Uno de ellos llevaba una camiseta negra con la marca de los Rolling Stones (una gran lengua sensual que parecía salirle del esternón) y comprendí que la estética en esos locales había muerto para siempre. Adiós a las corbatas y a las chaquetas. Lo demás eran gentes de Rumania, de la Catalunya profunda, y turistas ingleses. Nadie resultaba representativo. Solo un calvo, gordo y sudoroso, andaba como un poseso colocando fichas en cuatro mesas a la vez, dando órdenes a los jefes de mesa en una jerga casi incomprensible. Me pareció un esperpento de la ludopatía que corría de una mesa a otra como un desaliñado fondista rezagado. Luego me adentré en la zona de altas apuestas y vi como en 15 segundos se perdían veinte mil euros como una pompa de jabón que explota y desaparece en el suelo. Con poco rato tuve bastante. Cambié mis exiguas ganancias y abandoné el Casino.

A la salida seguía el enjambre de noctámbulos, si cabe con mayor afluencia. Iba a parar un taxi cuando un travesti, muy en su línea profesional, se acercó a mí y me dijo: ¿Quieres vicio? No supe ni que responderle, pero algo mascullé. Detuve un taxi y puse fin a un paseo nocturno ni siquiera peculiar, sino desesperanzadamente normal.


28 de septiembre de 2010

NUESTRA NOCHE

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Foto de la autora

Si tu alma es como un broche
que para abrirse a la vida
quiere la calma dormida
de la sombras de la noche...

Te diré que mi alma
es a la tuya parecida
que quiere la misma vida
que busca la misma calma

Y si somos en todo semejantes
¿por qué no volver a nacer
para no ser como antes?

por eso, quiero ser eso
que vaya siempre contigo
para que tu mano y tu beso
se encuentren
a solas conmigo.

Angélica Mora

26 de septiembre de 2010

Noche sin nombre

Black, 1963. Mark Rothko.


Noche sin nombre

Esta noche sin nombre
discurre por baldosas
de habitaciones oscuras.
Mi nombre no se distingue
del azul de la camisa
que llevo puesta.
El broche es el calor
de los labios que besan
en la penumbra.
Cerrados recitan el poema
que se escribe sin palabras.
Lo guardo celosamente
en el nido de mi almohada.





Me voy. Jasmin Levy


20 de septiembre de 2010

NOCHE EXTENSA

El rubicundo Apolo se ha dormido y en el éxtasis ha extendido los flagelos lasos de la noche a territorios de latitudes indómitas. Noche sin fin, día nonato de existencia ni siquiera exigua, fagocitado por el voraz apetito de la tierra sin patria. De los caireles de tu música se han humedecido las guedejas de mi son aletargado; son sin sal. Sal de sí y ven en mi auxilio. Ilumina la noche de mis tormentos anticipados y sácame de la oscuridad de mi atropello. Ni siquiera guardo una moneda con la que contentar al barquero Caronte.

Se rasgó el velo y los densos tules acolcharon el aullido de mi grito de espanto con sonora afonía: voces mímicas de mínimos enunciados. Se ha adherido el miedo al costado esponjoso de mi sospecha y el ala de la funesta virulencia me acosa y jadea con estertores de pánico. Ni el trípode de la esperada espera es el vigoroso bieldo con el que ahuyentar mi negativa y se han cegado las puertas de mi tránsito armónico.

Los ominosos miedos se han vivificado en el memorial del abandono y han enfrentado sueño y muerte, agua y sed, luz y sombra, soledad y gentío en la multitud de solo a solas; donde encontrarse a uno mismo es la casuística fortuna de la generosidad en el carrusel de las coincidencias. Hoy mismo, a la hora nona, cuando la cantinela atonal del fúnebre cortejo anuncie la llegada de La Canina, rendiré a sus pies cardos y abrojos en memoria de todos vosotros: cadáveres de la noche, y seguiré en permanente vigilia, aguardando el despertar silente del dulce dormido, y romperé el llanto contenido en las alforjas de mis pesares. ¡Velad! ¡Velad! Que la ramificación amorfa de la noche extensa no os aprese en el yugo de su servidumbre y os esclavice con la opacidad de las sombras eternamente. ¡Velad! ¡Velad! ¡Velad!

19 de septiembre de 2010

Carlos Gardel - Esta Noche me Emborracho - Tango

Y puestos a pasar malas noches, una de Carlitos Gardel.
Disfrutar

Trio Los Panchos - La ultima noche

Precioso bolero que puede que a muchos les traiga recuerdos del pasado.

15 de septiembre de 2010

(Mi) noche(vieja)


Diciembre

Desde hace apenas dos días ha quedado abierta de nuevo la "caja de los truenos", con el resultado de un jóven muerto y otros varios con heridas más o menos graves. Si digo la verdad, no me asombra ni lo más mínimo. ¡No sé cómo no ocurren más de estos accidentes! Todo tiene que ver con la costumbre que existe en Holanda de celebrar la entrada del año nuevo con la quema de fuegos artificiales. Esto en sí no es extraño, pues también en muchas ciudades españolas los fuegos iluminan los cielos cuando se terminan las uvas y se abre el champán en la última noche del año. La diferencia está en que aquí estos fuegos están en manos de la gente en la calle. Son los propios vecinos, mayores, jóvenes y niños, los que, cuando casi no han terminado de sonar las doce campanadas, salen disparados a la calle y empiezan, como verdaderos pirómanos a quemar la mayor cantidad posible de fuegos. Esta noche volarán bien alto, en un par de horas, más de 60 o 80 millones de euros por los cielos, no importa si llueve o hace frío y nieva.

Mi conocimiento de ésta tradición viene desde las primeras Navidades que pasé aquí con mi nueva familia. No habíamos hecho más que felicitarnos el Nuevo Año cuando, ante mi sorpresa, todos salieron corriendo hacia la calle. Temiendo que hubiese pasado lo peor, me acerqué a también. La calles estaban convertidas en un espectáculo de luz y color, en medio de un ruído que no podría describir. De todas las casas habían salido vecinos, jóvenes, mayores, niños, y hasta los abuelos, dedicados con gran entusiasmo a encender sus propios fuegos. Toda la ciudad, cada calle, ante cada casa, la gente se esforzaba en tener los más bonitos y espectaculares … ¡y los más grandes tambien!

Para mí fué una sorpresa. Por supuesto que yo ya habia visto fuegos en otras ocasiones: en ferias, fiestas patronales, y verbenas. Pero todo controlado y en manos de personas con conocimiento, que saben emplearlos y evitan riesgos. Porque riesgos los hay y muchos. Cada año ocurren aquí accidentes. La mayoría de las veces por el mal uso que hacen de los fuegos los niños y jóvenes, que quieren superarse ante sus amigos en espectacularidad y para ello corren riesgos innecesarios. Unas veces por encenderlos usando una mecha corta, otras al quemar la mayor cantidad posible juntos, o por la prisa y la impaciencia. La exploxión se produce cuando aún no han tomado una distancia prudencial, lo que hace que tengan que pagar un precio muy alto, una mano, un ojo, algunos dedos … Los peores accidentes suelen producirse horas antes, incluso días anteriores a la noche de fin de año, cuándo estos atrevidos muchados quieren demostrar hasta dónde llega su poder de inventiva y tratan de ser alquimistas por unas horas, convirtiendo unos –aparentemente- inocentes fuegos en la "bomba" –para mí no tiene otro nombre- más explosiva de todas las que "encenderán" esa noche.

Y así todos los años lo mismo. ¿De dónde les viene a los holandeses ésta costumbre? Parece ser que fueron introducidos aquí por los que viajaban a las colonias holandesas en Indonesia. Aunque conocidos desde entonces, es después de la II Guerra Mundial cuando se han ido haciendo más populares. Y hay que estar agradecidos a que ahora sólo sea ésto, pues -según he leído- en los siglos pasados cuando el tener armas apenas tenía límite, salian a la calle disparando al aire. Incluso habia quién sacaba un pequeño cañón [ !] que guardaban en el desván, seguramente con la intención de hacer el mayor ruído posible. Extraño pueblo estos holandeses….. Después vino un tiempo más tranquilo, en el que la gente se mostraba más silenciosa. Estaban en sus casas, tomando "oliebollen" (una especie de buñuelos) y "appelflappen" (manzana rebozada en una masa de harina), entretenidos con música y juegos, esperando que dieran las doce para felicitarse.

Pero ahora más de media Holanda, sin diferencia de clases sociales, sale a las doce en punto de la noche a la calle para disparar cohetes, encender petardos y todo aquello que deje en el cielo un rastro de colores y un olor que parece acercarnos al infierno. Para intentar controlar esto hay normas más rigurosas en el control de la calidad de los fuegos. También alrededor de estas fechas aparecen en la pantalla del televisor, todos los años, nuevos anuncios en los que podemos ver a muchachos jóvenes que previenen del peligro que encierra el manejo de los fuegos artificiales. Varios de estos anuncios muestran incluso las secuelas que han dejado marcadas en algunos de ellos para el resto de sus vidas. Viendo los resultados que llevamos este año y la enorme cantidad que ya han vendido, estoy convencida que siempre existirán los que no pueden resistir el atractivo seductor que tiene para ellos el encender la mecha, siempre que el fuego que enciendan sea el más grande y mejor.

8 de septiembre de 2010

La noche en blanco


"Una iniciativa cultural da color a la noche más blanca del año"

LÁGRIMAS NEGRAS

Estar, aunque con bastantes dudas, parece que sí estoy; ¿pero dónde? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Siempre he preferido los días soleados, por eso renuncié a aquella magnífica oferta que me hicieron para vivir en el norte continental. ¿Qué hago aquí en medio de esta niebla? ¿En la turbulencia de la casi inconsciencia? Tengo aturdidos los oídos y apenas si oigo murmullos, como si la gente a mi alrededor caminara con pasos mullidos tratando de no molestar. Estoy intentando abrir los ojos, pero tengo tan pesados los párpados que dudo que pueda lograrlo y renuncio a ello. El mareo que siento me impide percatarme de la realidad; debo estar tumbado, acostado, me atrevería a decir. No acierto a descubrir por qué no puedo mover el brazo izquierdo. Entre pensamiento y pensamiento, tengo la sensación de regresar desde un recóndito y siniestro laberinto. Estoy como inconsciente; aunque con la mano derecha creo adivinar que es una sábana lo que cubre mi posible desnuda anatomía. ¿Es posible que esté desnudo? No tengo fuerzas para averiguar dónde me encuentro, ni el porqué de esta soñolencia,  de este amanecer de ultratumbas, y me abandono en el letargo del que difícilmente encontraré forma de escapar.

                Las constantes son normales” No debo estar solo, pero tampoco sé quienes estarán conmigo, ni qué significado tienen esas palabras. Creo oír un sonido monótono, rítmico, que sale de algún aparato mecánico. A cada rato siento una fuerte presión en el brazo derecho que, a modo de torniquete, parece estrangularme el brazo; cuando la presión cede, noto con agradecimiento la liberación y el latir –imagino que el latir- de mis venas. Aunque esto es algo molesto, también una incomodidad que se suma al caos del que no puedo liberarme, es lo único que me da alguna referencia del mundo exterior, a la vez que alguna medida del tiempo. Parece como si me agarraran del brazo y me zarandearan para impedir que me duerma. He intentado abrir los ojos y la luz me resulta irreconocible, fría; puede ser de día o tal vez de noche, no sé. Esta luz apática no me permite distinguir en qué momento me encuentro. Solo la presión periódica del brazo y la cantinela tintineante del posible aparato mecánico dan a mi existencia el sentido de que el tiempo transcurre a mi lado, como un río en su discurrir paralelo a mi existencia. “Procuren no hacer ningún ruido, no le hablen: aún es demasiado pronto” Trato de responder a estas palabras y no encuentro la fuerza necesaria para articular una pequeña frase. ¡Demasiado pronto! ¿Demasiado pronto para qué? ¿Qué me ha sucedido? ¿Dónde estoy? Primero una, después la otra, ambas me han dado un suave beso en la mano. He tratado de incorporarme y no soy capaz de accionar mi cuerpo. Levanto un poco el cuello, al tiempo que hago por abrir los ojos y el ruido metálico y monótono se acelera, como si ese leve movimiento hubiera sido el mandato enérgico de un director de orquesta atacando un allegro vivace. Me ha tomado una mano entre las suyas y he reconocido a Marga. Mi amada Marga. El tacto de Marga es inconfundible. Acaricia mis dedos con suma dulzura y me devuelve el sosiego que parecía habérseme desbocado. De nuevo la máquina emite el sonido acompasado, más lento, y me percato cómo mi pulso tiene algo o bastante que ver con la extraña cantinela de la máquina. “¿Qué pasó?”  “¡Fue él tratando de incorporarse!” “¡Será mejor que le dejen descansar, esta tarde podrán verle de nuevo!”. Luego estoy en lo cierto: han sido dos los besos, y dos las personas que vinieron a verme a este ignoto lugar en el que me encuentro. Una era mi esposa. Seguro. Lo sé por el tacto de su mano sobre la mía. La otra habrá sido mi madre. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Qué será lo que me sucede? Parece como si se me desfondara el alma; nunca he sentido un cansancio tan agotador como el que ahora me aturde. Apenas he sentido una leve conciencia, un esforzado intento de despertar de las oscuras tinieblas de lo desconocido, y vuelvo a notar cómo un profundo sopor me arrastra sin remedio al lugar del que intentaba salir.

                De nuevo el soniquete metálico. Acompasado. Recuerdo que se alteró mucho el ritmo cuando intenté levantar la cabeza. El torniquete del brazo sigue marcando otra escala de tiempos, otros vados de medición imposible. Aún me siento dentro de una extraña nebulosa, pero estoy más consciente de mi cuerpo, de que existo, de que estoy en una extraña circunstancia, pero que puedo percatarme de todos los miembros de mi cuerpo. ¿De qué tendré que descansar? ¿Qué será lo que me ha llevado a esta situación casi agónica? Tengo la sensación de que el sonido metálico proviene de por encima de mi cabeza; es por ello que levanto los ojos, buscando más allá de donde los párpados semicerrados me permiten, ayudándome con una suave elevación del cuello, cuando de nuevo se dispara el ritmo metálico de la máquina. Cierro los ojos con miedo y me centro en la respiración, tratando de que ésta sea pausada y profunda. Viene a mi memoria un texto sobre yoga, ¿o tal vez de autoayuda? No sé, no lo recuerdo, y hago por cumplir con las instrucciones de seguir mentalmente el recorrido del aire en mi organismo. Espero que no sean ilusiones mías: me parece que estoy algo más consciente; aunque sigo habitando en una nebulosa. Poco a poco se va remansando el sonido y vuelve a ser acompasado como al principio; pero ahora he descubierto que efectivamente ese sonido metálico viene de una máquina: es un monitor al que debo estar conectado, en cuya pantalla se reflejan las ondas irregulares de mi ritmo cardíaco. Me prometo no seguir investigando: he descubierto lo suficiente como para saber que aún no me he librado de lo que quiera que me haya sucedido. Alguien le dijo a Marga y a mi madre que necesitaba seguir descansando. También les dijo que esta tarde podrían volver a visitarme. ¿Dónde estoy?  Por los indicios, ¿será en un hospital? Tal vez en cuidados intensivos,  en observación...   Pero esa luz blanca, casi opaca, fría...    ¿Cómo será el más allá? ¿Qué hay después de la vida? Siempre dije, según me enseñaron y es mi fe, que después nos espera la vida eterna, un placentero transcurrir donde se han unificado las dimensiones de tiempo y espacio, y donde no habitan ni el dolor, ni las prisas, ni la ambición...    Un lugar donde, desprendidos del tener, sólo habita la desnudez del ser en amorosa y colmatada paz, la felicidad plena. ¿Será esto la vida eterna? Apacible sí que es. En la cortedad de mis sensaciones, me siento atendido y disfrutando de una paz hasta ahora desconocida, además esa luz blanca, casi opaca, fría...     ¿Será real que he llegado a percatarme de la existencia de un monitor, cuyo gráfico en zigzagueante línea quebrada responde a los latidos de mi corazón? Si  es cierto que estoy en un hospital, debe ser más o menos medio día: hace no sé cuanto, cuando Marga y mi madre –seguramente sería mamá, pero no dijo nada-  vinieron a verme, alguien les dijo que esta tarde podrían volver a visitarme. Sin embargo tengo la sensación de que es de noche; una oscura y cerrada  noche presidida por una luz blanca, casi opaca, fría...    Tengo que intentar no pensar en nada. Dejar la mente en blanco y descansar, es todo cuanto de momento puedo hacer por mí.

                 He debido dormirme o haber entrado en un estado más profundo de descontrol de mis sentidos. Tengo la sensación de que hace bastante tiempo que no viene a mi mente ningún pensamiento. ¡Qué sensación más extraña esa de tener la mente en blanco! Es como si se hubiera producido un cortocircuito, un túnel de espesa oscuridad  del que no percibes ningún tipo de sensaciones. El monitor sigue canturreando su monótona musicalidad por encima de mi cabeza. Ni se me ocurre tratar de ver el gráfico de su pantalla por miedo a los acelerones; además, noto un cierto confort en tener los ojos cerrados: aún me pesan los párpados como si fueran de cerámica. “¡Fernando, ya ha pasado todo; es posible que mañana mismo le subamos a planta!”  Alguien se ha desplazado junto a mí, con pasos mullidos, y me ha hablado. Posiblemente ha querido darme alientos; si bien mi aliento supremo no es otro que el de ir tomando consciencia de pasear mis sentidos, de la mano del aire que respiro, por los órganos de mi cuerpo, de los que muy lentamente creo ir tomando razón de ellos. ¿Qué me ocurre? Me hubiera gustado preguntarle, pero se me hizo un mundo articular todas esas palabras y sólo logré pronunciar torpemente: ¡Agua! Es un logro. Posiblemente los bebés sientan el mismo placer cuando pronuncian sus primeras palabras. “¡Aún es pronto!” No he podido responder, me siento demasiado débil para luchar por un vaso de agua. Aunque me ha puesto un plazo para complacer mi solicitud, responde a mi esfuerzo frotándome con suavidad los labios con un algodón humedecido. Tengo los labios cuarteados, la boca reseca y la lengua tan gorda y ácida que encuentra difícil acomodo entre los dientes. ¡Qué alivio! Aunque hubiera sido vinagre hubiera agradecido que se compadeciera de mis labios. Descubro que allá en lo profundo me duele bastante la garganta y que del brazo que no puedo mover sale, por entre un apósito de gasa, un macarrón transparente de plástico unido a una botella de suero. Es posible que haya estado en el más allá, pero esto no es la vida eterna: me encuentro en una cama de hospital, desnudo, cubierto con una sábana y abandonado a lo que quieran hacer conmigo. Ahora que me hago cargo de mi momento presente, como de santa Bárbara con la tormenta, me acuerdo de dar gracias por estar escapando del viaje sin retorno y hago por dormirme, ya consciente de lo que me conviene.

                ¡Es posible que mañana le subamos a plata! No es la liberación, pero no cabe duda de que es una promesa hermosísima, aunque poco comprometida. ¡Qué curioso! En este lugar no discurre el tiempo: hace no sé cuanto que estuvo Marga besando y acariciándome la mano,  -el otro beso seguramente sería el de mamá-  sin embargo, a saltos, entre sopor y semiconsciencia, sigo perdido en una nebulosa donde el tiempo está tan varado como la arena de un reloj de arena al que se olvidan girar. Sólo soy un reloj, un objeto por el que el tiempo pasa sin detenerse. En la quietud en la que ahora me encuentro, y de la que no me atrevo a deslindarme por miedo a desbocar el galope de mis pulsaciones, se agolpan en mi memoria, una tras otras, secuencias encadenadas de mi vida. Recuerdo, como si se tratara de una fotografía de color sepia, el uniforme de Marga y el observatorio desde el que la contemplaba a la salida de su colegio: zapatos con cordones, calcetines de lana hasta las rodillas, falda plisada a cuadros, camisa blanca y jersey azul. Me gustaba observarla a lo lejos y me divertía cómo se distinguía de todas las compañeras. Yo nuca usé uniforme, aunque me sentía revestido de galones y estrellas cuando ella se abría hueco entre sus amigas para venir a mi encuentro. Mis estudios sólo me dejaban tiempos robados para dedicarle. En casa, mis padres eran muy severos con mi formación, e incluso me repetían una y otra vez que en ello me iba la vida. ¡Cuantas sobrecargas se prende de la percha de la vida! Al tiempo que el bachillerato, acudía a una academia de inglés, dos días por semana a natación y otro día semanal a clase de guitarra. Ahora hace bastante tiempo que no practico, pero llegué a dominar los acordes básicos y a acompañarme, con cierta gracia, en las baladas que tanto gustaba escuchar a Marga. ¡Qué tiempos! En la Universidad tuve que olvidarme un tanto de la guitarra para tomarla sólo en los momentos de melancolía, o cuando quería tener presente la sonrisa de Marga en la distancia. ¡Derecho y Económicas! Mi padre se empeño en mandarme al Icade. Madrid estaba muy lejos de Marga. Ella seguía en casa, estudiando en la antigua Escuela de Magisterio. La distancia de ella y las exigencias del centro me hicieron hincar bien los codos. El funcionario del Ministerio de Agricultura se había empeñado en que su hijo se labrase un gran porvenir, así que una doble licenciatura me dejaría en condiciones óptimas de opositar al Estado. Acabados los estudios, con los ahorros conseguidos con las clases particulares, entré en sociedad con un amigote, el cual tenía un bar de copas que le iba muy mal. Levanté el negocio al tiempo que monté un pequeño restaurante. La hostelería es un buen negocio. La gente, aunque no tenga para comer o reciban la amenaza de que les van a cortar la luz, siempre guarda algunos cuartos para tomar copas. El pobre papá dejó de insistirme en que preparara oposiciones. Aunque no me lo confesó nunca, creo que en el fondo se siente orgulloso de mi decantación por el mundo empresarial. Ahora no le preocupa mi estabilidad económica. Mamá en cambio siempre me insiste en que me cuide un poco más, que no trabaje tanto. Yo suelo silenciar sus protestas con un beso. Marga no renuncia a ejercer de maestra en ese pueblo recóndito, a 75 Km. de la ciudad, y apenas tenemos tiempo de encontrarnos. Nunca me he atrevido a insinuarle que lo dejara, si bien esperaba que ella llegara al razonamiento de que no vale la pena. Hace cuatro años que nos casamos y aún me parece estar viviendo la luna de miel, aunque restringido a los fines de semana. El negocio del tostadero de café ha sido el más fructífero de todos. Ahora que he logrado establecerme en un montón de ciudades, quiero explotar el filón de las franquicias para poner huevos en otros cestos. Lo veo claro. Marga sigue tomando la píldora. No digo que sea un estorbo, pero ahora nos vendría muy mal que se quedara embarazada: su colegio, mis negocios, nuestros fines de semana...   ¡Cuando tengamos tiempo vamos a ser muy felices teniendo un crío, pero aún no! ¡Demasiadas preocupaciones tengo como para cargar con la responsabilidad de un hijo!

                Tienen cinco minutos, posiblemente mañana le subamos a planta” Estaba en lo cierto. Es mi madre quien acompaña a Marga. No he abierto los ojos, pero he identificado su beso de antes, ahora en la frente. La luz es aún blanca, casi opaca, fría...  Debe ser el atardecer, recordando la promesa de que podrían volver a verme por la tarde. En cambio yo estoy viviendo una larga y tenebrosa noche sin fin, de la que no sé cómo escapar. Marga vuelve a cogerme la mano. Me acaricia el dorso con esmero y dice con aplomo y severidad: “Tenemos que replantearnos la vida. Treinta y dos años es demasiado temprano para sufrir un accidente cardiovascular”. Sólo he abierto y cerrado los ojos un instante como acuse de recibo. Acabo de recordar que había vuelto a casa mucho antes que de costumbre. Estábamos esperando varios invitados a mi trigésimo segundo cumpleaños. Marga me había regalado un disco que puse a girar en cuanto lo liberé del celofán del precinto. Bebo al piano y Dieguito el Cigala con su voz de bronce, interpretaban Lágrimas Negras. Desde entonces todo es noche. Todo está gobernado por una luz blanca, casi opaca, fría...

Una noche (2)


Una noche me iluminé

Una noche



Como suelo decir, con total honestidad, nunca planeo nada; desconozco estructuras, dejo (o permito) que la vida me sorprenda a cada paso. Mi aparente desorden lleva intrínseca una elección de vida. Asimismo, existen determinadas cosas que siempre hago... Supongo que, de alguna manera, he encontrado lo que llaman el orden dentro del caos.

Y esta verborragia para contarte, querido lector, que una noche a la semana paso a leer Trazando Caminos; comentar por escrito lo hago poco y nada, es verdad, pero sí me tomo el tiempo de leerlos y tildar qué me ha parecido el texto en todos y cada uno de ellos.

Un abrazo, Anata Nakami.

6 de septiembre de 2010

Hablan Los Manantiales En La Noche


en los imanes
del silencio.

Siento la suavidad de las palabras olvidadas.


Antonio Gamoneda

4 de septiembre de 2010

Magia De La Noche







Era la noche cálida como lo son tus ojos,
gruta de magia blanca era la noche.
Era la noche cómplice, bajo qué estrellas rotas
cobijamos el sueño de una noche,
de un verano sin noche, de un instante tan hondo
que era nada la vida aquella noche.
Galerías secretas de tus ojos sin bruma,
su nocturno fulgor, su brillo intacto.
Fresca rama tu risa golpeando mi pecho
en esa abierta herida de la noche.
Temblaban nuestras manos unidas en la noche,
y era noche el perfume de tu pelo,
y dolía mirarte como cuando hace frío
y quemaba en mi noche tu mirada.
Cuando besé tus labios, pareció arder la noche.
Igual que un corazón latió la noche.
y fue la noche nuestra y robamos la noche.
Sigilosa la luna nos seguía los pasos.

Abelardo Linares

Mire una estrella




Mire una estrella
Tal vez su brillo
Ilumine mis recuerdos…cerré mis ojos
“Era una noche estrellada
Y en aquella inmensa terraza
A lo alto de una bella estructura
Vestidos de gala y una botella de champán
El y Yo
Bailando al compás de una suave melodía
Un jazz….un blue…
Nuestros ojos fijos en el otro
Expresando el más hermoso sentimiento
Y mas allá…el mundo paralizado
La tierra dejaba de girar
Una leve brisa rozó nuestros rostros
Trayendo el olor salado del mar
…allá abajo….
Nuestros dedos entrelazados
Nuestros labios se acercaron
Nuestros labios saborearon
Y transformaron en dulce río
Aquella corriente salada
Nuestro amor abarcando el universo
Nuestro amor se hizo eterno”

…abrí mis ojos
Sus ojos, hoy marchitos
Buscaban con dulzura los míos
Brillando aun
Bajo aquel cielo estrellado


Mery Larrinua

2 de septiembre de 2010

Noche estrellada

Vincent van Gogh


Detrás de la fría luz
oculta la pupila presagios de dolor en la mirada.
Impasible el cielo
hace brotar en la herida noche un extridente grito,
preñando el aire de amenazadoras sombras.

1 de septiembre de 2010

Noche oscura

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada,
¡oh dichosa ventura!
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
...
¡Oh noche que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada,
amada en el Amado transformada!
...
(Juan de la Cruz)

LA NOCHE DE TU VIDA


Somos seres infuenciables por casi todo, y alguien diría que por todo. La noche nos transforma en la vigilia y en los sueños, como si fuésemos aprendices de licantropía benigna. En ese adimensional estado de lo nocturno brotan, misteriosamente, sensaciones que a plena luz nunca alcanzarían las laderas de la realidad. En esa magia circadiana todo se modifica en nuestro interior, percibimos diferente y transmitimos diferente. Al amparo de luces y sombras y de la propia entidad de la noche, iluminada o a oscuras, habremos sido capaces, una o muchas veces, de hacernos cómplices de lo excepcional en nuestra vida.


De noche nos evadimos de los recordatorios cotidianos que atenazan la imaginación. Lo más simple puede devenir intrigante. Siempre pensé que en los tiempos a oscuras, en la misma noche de los tiempos, la fantasía delirante habría sido capaz de fraguar, como leyendas o como advertencias, un mundo paralelo sin noción exacta de su existencia o inexistencia. Por todo eso, y por mucho más, la memoria individual nos ha dejado un recuerdo imborrable de una gran noche. La noche en que amamos por primera vez, la noche en que dimos el primer bocado a la libertad, la noche en que descubrimos la inmesa tierra de la felicidad, la noche en que nos llegó la inspiración en estado puro, o la noche en que dijimos si o dijimos no a una trascendencia en nuestra vida.


El reino de la noche se perpetua, se prolonga en el intimismo necesario de cada cual. Tal vez sea la única noción clara del universo, la toma de conciencia de lo infinito, y ese magnetismo mueva nuestras emociones a otro nivel, un nivel más próximo a la grandeza interior de cada uno. Todos estamos dentro de aquella canción... ¡Qué noche la de aquel día!


Juan Villalta