Estar, aunque con bastantes dudas, parece que sí estoy; ¿pero dónde? ¿Cómo he llegado hasta aquí? Siempre he preferido los días soleados, por eso renuncié a aquella magnífica oferta que me hicieron para vivir en el norte continental. ¿Qué hago aquí en medio de esta niebla? ¿En la turbulencia de la casi inconsciencia? Tengo aturdidos los oídos y apenas si oigo murmullos, como si la gente a mi alrededor caminara con pasos mullidos tratando de no molestar. Estoy intentando abrir los ojos, pero tengo tan pesados los párpados que dudo que pueda lograrlo y renuncio a ello. El mareo que siento me impide percatarme de la realidad; debo estar tumbado, acostado, me atrevería a decir. No acierto a descubrir por qué no puedo mover el brazo izquierdo. Entre pensamiento y pensamiento, tengo la sensación de regresar desde un recóndito y siniestro laberinto. Estoy como inconsciente; aunque con la mano derecha creo adivinar que es una sábana lo que cubre mi posible desnuda anatomía. ¿Es posible que esté desnudo? No tengo fuerzas para averiguar dónde me encuentro, ni el porqué de esta soñolencia, de este amanecer de ultratumbas, y me abandono en el letargo del que difícilmente encontraré forma de escapar.
“Las constantes son normales” No debo estar solo, pero tampoco sé quienes estarán conmigo, ni qué significado tienen esas palabras. Creo oír un sonido monótono, rítmico, que sale de algún aparato mecánico. A cada rato siento una fuerte presión en el brazo derecho que, a modo de torniquete, parece estrangularme el brazo; cuando la presión cede, noto con agradecimiento la liberación y el latir –imagino que el latir- de mis venas. Aunque esto es algo molesto, también una incomodidad que se suma al caos del que no puedo liberarme, es lo único que me da alguna referencia del mundo exterior, a la vez que alguna medida del tiempo. Parece como si me agarraran del brazo y me zarandearan para impedir que me duerma. He intentado abrir los ojos y la luz me resulta irreconocible, fría; puede ser de día o tal vez de noche, no sé. Esta luz apática no me permite distinguir en qué momento me encuentro. Solo la presión periódica del brazo y la cantinela tintineante del posible aparato mecánico dan a mi existencia el sentido de que el tiempo transcurre a mi lado, como un río en su discurrir paralelo a mi existencia. “Procuren no hacer ningún ruido, no le hablen: aún es demasiado pronto” Trato de responder a estas palabras y no encuentro la fuerza necesaria para articular una pequeña frase. ¡Demasiado pronto! ¿Demasiado pronto para qué? ¿Qué me ha sucedido? ¿Dónde estoy? Primero una, después la otra, ambas me han dado un suave beso en la mano. He tratado de incorporarme y no soy capaz de accionar mi cuerpo. Levanto un poco el cuello, al tiempo que hago por abrir los ojos y el ruido metálico y monótono se acelera, como si ese leve movimiento hubiera sido el mandato enérgico de un director de orquesta atacando un allegro vivace. Me ha tomado una mano entre las suyas y he reconocido a Marga. Mi amada Marga. El tacto de Marga es inconfundible. Acaricia mis dedos con suma dulzura y me devuelve el sosiego que parecía habérseme desbocado. De nuevo la máquina emite el sonido acompasado, más lento, y me percato cómo mi pulso tiene algo o bastante que ver con la extraña cantinela de la máquina. “¿Qué pasó?” “¡Fue él tratando de incorporarse!” “¡Será mejor que le dejen descansar, esta tarde podrán verle de nuevo!”. Luego estoy en lo cierto: han sido dos los besos, y dos las personas que vinieron a verme a este ignoto lugar en el que me encuentro. Una era mi esposa. Seguro. Lo sé por el tacto de su mano sobre la mía. La otra habrá sido mi madre. ¿Qué habrá ocurrido? ¿Qué será lo que me sucede? Parece como si se me desfondara el alma; nunca he sentido un cansancio tan agotador como el que ahora me aturde. Apenas he sentido una leve conciencia, un esforzado intento de despertar de las oscuras tinieblas de lo desconocido, y vuelvo a notar cómo un profundo sopor me arrastra sin remedio al lugar del que intentaba salir.
De nuevo el soniquete metálico. Acompasado. Recuerdo que se alteró mucho el ritmo cuando intenté levantar la cabeza. El torniquete del brazo sigue marcando otra escala de tiempos, otros vados de medición imposible. Aún me siento dentro de una extraña nebulosa, pero estoy más consciente de mi cuerpo, de que existo, de que estoy en una extraña circunstancia, pero que puedo percatarme de todos los miembros de mi cuerpo. ¿De qué tendré que descansar? ¿Qué será lo que me ha llevado a esta situación casi agónica? Tengo la sensación de que el sonido metálico proviene de por encima de mi cabeza; es por ello que levanto los ojos, buscando más allá de donde los párpados semicerrados me permiten, ayudándome con una suave elevación del cuello, cuando de nuevo se dispara el ritmo metálico de la máquina. Cierro los ojos con miedo y me centro en la respiración, tratando de que ésta sea pausada y profunda. Viene a mi memoria un texto sobre yoga, ¿o tal vez de autoayuda? No sé, no lo recuerdo, y hago por cumplir con las instrucciones de seguir mentalmente el recorrido del aire en mi organismo. Espero que no sean ilusiones mías: me parece que estoy algo más consciente; aunque sigo habitando en una nebulosa. Poco a poco se va remansando el sonido y vuelve a ser acompasado como al principio; pero ahora he descubierto que efectivamente ese sonido metálico viene de una máquina: es un monitor al que debo estar conectado, en cuya pantalla se reflejan las ondas irregulares de mi ritmo cardíaco. Me prometo no seguir investigando: he descubierto lo suficiente como para saber que aún no me he librado de lo que quiera que me haya sucedido. Alguien le dijo a Marga y a mi madre que necesitaba seguir descansando. También les dijo que esta tarde podrían volver a visitarme. ¿Dónde estoy? Por los indicios, ¿será en un hospital? Tal vez en cuidados intensivos, en observación... Pero esa luz blanca, casi opaca, fría... ¿Cómo será el más allá? ¿Qué hay después de la vida? Siempre dije, según me enseñaron y es mi fe, que después nos espera la vida eterna, un placentero transcurrir donde se han unificado las dimensiones de tiempo y espacio, y donde no habitan ni el dolor, ni las prisas, ni la ambición... Un lugar donde, desprendidos del tener, sólo habita la desnudez del ser en amorosa y colmatada paz, la felicidad plena. ¿Será esto la vida eterna? Apacible sí que es. En la cortedad de mis sensaciones, me siento atendido y disfrutando de una paz hasta ahora desconocida, además esa luz blanca, casi opaca, fría... ¿Será real que he llegado a percatarme de la existencia de un monitor, cuyo gráfico en zigzagueante línea quebrada responde a los latidos de mi corazón? Si es cierto que estoy en un hospital, debe ser más o menos medio día: hace no sé cuanto, cuando Marga y mi madre –seguramente sería mamá, pero no dijo nada- vinieron a verme, alguien les dijo que esta tarde podrían volver a visitarme. Sin embargo tengo la sensación de que es de noche; una oscura y cerrada noche presidida por una luz blanca, casi opaca, fría... Tengo que intentar no pensar en nada. Dejar la mente en blanco y descansar, es todo cuanto de momento puedo hacer por mí.
He debido dormirme o haber entrado en un estado más profundo de descontrol de mis sentidos. Tengo la sensación de que hace bastante tiempo que no viene a mi mente ningún pensamiento. ¡Qué sensación más extraña esa de tener la mente en blanco! Es como si se hubiera producido un cortocircuito, un túnel de espesa oscuridad del que no percibes ningún tipo de sensaciones. El monitor sigue canturreando su monótona musicalidad por encima de mi cabeza. Ni se me ocurre tratar de ver el gráfico de su pantalla por miedo a los acelerones; además, noto un cierto confort en tener los ojos cerrados: aún me pesan los párpados como si fueran de cerámica. “¡Fernando, ya ha pasado todo; es posible que mañana mismo le subamos a planta!” Alguien se ha desplazado junto a mí, con pasos mullidos, y me ha hablado. Posiblemente ha querido darme alientos; si bien mi aliento supremo no es otro que el de ir tomando consciencia de pasear mis sentidos, de la mano del aire que respiro, por los órganos de mi cuerpo, de los que muy lentamente creo ir tomando razón de ellos. ¿Qué me ocurre? Me hubiera gustado preguntarle, pero se me hizo un mundo articular todas esas palabras y sólo logré pronunciar torpemente: ¡Agua! Es un logro. Posiblemente los bebés sientan el mismo placer cuando pronuncian sus primeras palabras. “¡Aún es pronto!” No he podido responder, me siento demasiado débil para luchar por un vaso de agua. Aunque me ha puesto un plazo para complacer mi solicitud, responde a mi esfuerzo frotándome con suavidad los labios con un algodón humedecido. Tengo los labios cuarteados, la boca reseca y la lengua tan gorda y ácida que encuentra difícil acomodo entre los dientes. ¡Qué alivio! Aunque hubiera sido vinagre hubiera agradecido que se compadeciera de mis labios. Descubro que allá en lo profundo me duele bastante la garganta y que del brazo que no puedo mover sale, por entre un apósito de gasa, un macarrón transparente de plástico unido a una botella de suero. Es posible que haya estado en el más allá, pero esto no es la vida eterna: me encuentro en una cama de hospital, desnudo, cubierto con una sábana y abandonado a lo que quieran hacer conmigo. Ahora que me hago cargo de mi momento presente, como de santa Bárbara con la tormenta, me acuerdo de dar gracias por estar escapando del viaje sin retorno y hago por dormirme, ya consciente de lo que me conviene.
¡Es posible que mañana le subamos a plata! No es la liberación, pero no cabe duda de que es una promesa hermosísima, aunque poco comprometida. ¡Qué curioso! En este lugar no discurre el tiempo: hace no sé cuanto que estuvo Marga besando y acariciándome la mano, -el otro beso seguramente sería el de mamá- sin embargo, a saltos, entre sopor y semiconsciencia, sigo perdido en una nebulosa donde el tiempo está tan varado como la arena de un reloj de arena al que se olvidan girar. Sólo soy un reloj, un objeto por el que el tiempo pasa sin detenerse. En la quietud en la que ahora me encuentro, y de la que no me atrevo a deslindarme por miedo a desbocar el galope de mis pulsaciones, se agolpan en mi memoria, una tras otras, secuencias encadenadas de mi vida. Recuerdo, como si se tratara de una fotografía de color sepia, el uniforme de Marga y el observatorio desde el que la contemplaba a la salida de su colegio: zapatos con cordones, calcetines de lana hasta las rodillas, falda plisada a cuadros, camisa blanca y jersey azul. Me gustaba observarla a lo lejos y me divertía cómo se distinguía de todas las compañeras. Yo nuca usé uniforme, aunque me sentía revestido de galones y estrellas cuando ella se abría hueco entre sus amigas para venir a mi encuentro. Mis estudios sólo me dejaban tiempos robados para dedicarle. En casa, mis padres eran muy severos con mi formación, e incluso me repetían una y otra vez que en ello me iba la vida. ¡Cuantas sobrecargas se prende de la percha de la vida! Al tiempo que el bachillerato, acudía a una academia de inglés, dos días por semana a natación y otro día semanal a clase de guitarra. Ahora hace bastante tiempo que no practico, pero llegué a dominar los acordes básicos y a acompañarme, con cierta gracia, en las baladas que tanto gustaba escuchar a Marga. ¡Qué tiempos! En la Universidad tuve que olvidarme un tanto de la guitarra para tomarla sólo en los momentos de melancolía, o cuando quería tener presente la sonrisa de Marga en la distancia. ¡Derecho y Económicas! Mi padre se empeño en mandarme al Icade. Madrid estaba muy lejos de Marga. Ella seguía en casa, estudiando en la antigua Escuela de Magisterio. La distancia de ella y las exigencias del centro me hicieron hincar bien los codos. El funcionario del Ministerio de Agricultura se había empeñado en que su hijo se labrase un gran porvenir, así que una doble licenciatura me dejaría en condiciones óptimas de opositar al Estado. Acabados los estudios, con los ahorros conseguidos con las clases particulares, entré en sociedad con un amigote, el cual tenía un bar de copas que le iba muy mal. Levanté el negocio al tiempo que monté un pequeño restaurante. La hostelería es un buen negocio. La gente, aunque no tenga para comer o reciban la amenaza de que les van a cortar la luz, siempre guarda algunos cuartos para tomar copas. El pobre papá dejó de insistirme en que preparara oposiciones. Aunque no me lo confesó nunca, creo que en el fondo se siente orgulloso de mi decantación por el mundo empresarial. Ahora no le preocupa mi estabilidad económica. Mamá en cambio siempre me insiste en que me cuide un poco más, que no trabaje tanto. Yo suelo silenciar sus protestas con un beso. Marga no renuncia a ejercer de maestra en ese pueblo recóndito, a 75 Km. de la ciudad, y apenas tenemos tiempo de encontrarnos. Nunca me he atrevido a insinuarle que lo dejara, si bien esperaba que ella llegara al razonamiento de que no vale la pena. Hace cuatro años que nos casamos y aún me parece estar viviendo la luna de miel, aunque restringido a los fines de semana. El negocio del tostadero de café ha sido el más fructífero de todos. Ahora que he logrado establecerme en un montón de ciudades, quiero explotar el filón de las franquicias para poner huevos en otros cestos. Lo veo claro. Marga sigue tomando la píldora. No digo que sea un estorbo, pero ahora nos vendría muy mal que se quedara embarazada: su colegio, mis negocios, nuestros fines de semana... ¡Cuando tengamos tiempo vamos a ser muy felices teniendo un crío, pero aún no! ¡Demasiadas preocupaciones tengo como para cargar con la responsabilidad de un hijo!
“Tienen cinco minutos, posiblemente mañana le subamos a planta” Estaba en lo cierto. Es mi madre quien acompaña a Marga. No he abierto los ojos, pero he identificado su beso de antes, ahora en la frente. La luz es aún blanca, casi opaca, fría... Debe ser el atardecer, recordando la promesa de que podrían volver a verme por la tarde. En cambio yo estoy viviendo una larga y tenebrosa noche sin fin, de la que no sé cómo escapar. Marga vuelve a cogerme la mano. Me acaricia el dorso con esmero y dice con aplomo y severidad: “Tenemos que replantearnos la vida. Treinta y dos años es demasiado temprano para sufrir un accidente cardiovascular”. Sólo he abierto y cerrado los ojos un instante como acuse de recibo. Acabo de recordar que había vuelto a casa mucho antes que de costumbre. Estábamos esperando varios invitados a mi trigésimo segundo cumpleaños. Marga me había regalado un disco que puse a girar en cuanto lo liberé del celofán del precinto. Bebo al piano y Dieguito el Cigala con su voz de bronce, interpretaban Lágrimas Negras. Desde entonces todo es noche. Todo está gobernado por una luz blanca, casi opaca, fría...