11 de abril de 2012

INDUSTRIAS Y ANDANZAS DE ALFANHUÍ.

Uno de los libros que me sorprendió más y que me encantó, en el más amplio sentido de la palabra, fue el "Alfanhuí" de Rafael Sánchez Ferlosio.
Además, marcó el camino de mis posteriores preferencias.



La primera vez que lo leí, no sé qué edad tendría, unos 13 ó 14 años, descubrí unas puertas a mundos nuevos. Antes que García Márquez y todo el realismo mágico se pusieran en mis manos. Antes de todo lo que de esto derivaría, ahí estaba: un escritor español ofreciéndonos algo que parecía para niños, pero que iba más allá, que jugaba con nuestros sueños, con los colores, con las vivencias del protagonista: un chico más o menos de la edad que yo tenía entonces.

Mágico mundo, mágicas letras, personajes inolvidables (especialmente, en la primera parte; para mi gusto, en la segunda, la que se desarrolla en la ciudad, decae bastante...)

Autor locamente fantástico, tan distinto aquí al de "El Jarama", y una lectura que me marcó y que recomiendo a quienes quieran iniciar a sus jóvenes en el maravilloso mundo de los "letraheridos", sin empalagos ni tópicos más que manidos.

Y para los mayores también: yo lo he vuelto a leer cada pocos años, en aquella edición Biblioteca Básica Salvat de RTV, que se podía ver en los 60 y 70 en algunos hogares y muchas bibliotecas.



Para terminar, transcribo el primer capítulo:



"I. DE UN GALLO DE VELETA QUE CAZÓ UNOS 


LAGARTOS Y LO QUE CON ELLOS HIZO UN NIÑO.


El gallo de la veleta, recortado en una chapa de hierro 

que se cantea al viento sin moverse y que tiene un 

ojo solo que se ve por las dos partes, pero es un solo 

ojo, se bajó una noche de la casa y se fue a las 

piedras a cazar lagartos. Hacía luna, y a picotazos de 

hierro los mataba. Los colgó al tresbolillo en la blanca 

pared de levante que no tiene ventanas, prendidos de 

muchos clavos. Los más grandes puso arriba y cuanto 

más chicos, más abajo.

Cuando los lagartos estaban frescos todavía,

pasaban vergüenza, aunque muertos, porque no se 

les había aún secado la glandulita que segrega el 

rubor, que en los lagartos se llama "amarillor", pues 

tienen una vergüenza amarilla y fría.


Pero andando el tiempo se fueron secando al sol, y se 

pusieron de un color negruzco, y se encogió su piel y 

se arrugó. La cola se les dobló hacia el mediodía,

porque esa parte se había encogido al sol más que la 

del septentrión, adonde no va nunca. Y así vinieron a 

quedar los lagartos con la postura de los alacranes,

todos hacia una misma parte, y ya, como habían

perdido los colores y la tersura de la piel, no pasaban

vergüenza.


Y andando más tiempo todavía, vino el de la lluvia,

que se puso a flagelar la pared donde ellos estaban 

colgados, y los empapaba bien y desteñía de sus 

pieles un zumillo, como de herrumbre verdinegra, que 

colaba en reguero por la pared hasta la tierra. Un niño 

puso un bote al pie de cada reguerillo, y al cabo de las

lluvias había llenado los botes de aquel zumo y lo 

juntó todo en una palangana para ponerlo seco.


Ya los lagartos habían desteñido todo lo suyo, y

cuando volvieron los días de sol tan sólo se veían en

la pared unos esqueletitos blancos, con la película

fina y transparente, como las camisas de las culebras

y que apenas destacaban del encalado.


Pero el niño era más hermano de los lagartos que del 


gallo de la veleta, y un día que no hacía viento y el


gallo no podía defenderse, subió al tejado y lo 


arrancó de allí y lo echó a la fragua, y empezó a 


mover el fuelle. El gallo chirriaba en los tizones como 


si hiciera viento y se fue poniendo rojo, amarillo,


blanco.

Cuando notó que empezaba a reblandecerse, se dobló 


y se abrazó con las fuerzas que le quedaban a un


carbón grande, para no perderse del todo. El niño


paró el fuelle y echó un cubo de agua sobre el fuego,


que se apagó resoplando como un gato, y el gallo de


veleta quedó asido para siempre al trozo de carbón.


Volvió el niño a su palangana y vio cómo había 


quedado en el fondo un poso pardo, como un barrillo


fino. A los días, toda el agua se había ido por el calor


que hacía y quedó tan sólo polvo. El niño lo desgranó


y puso el montoncito sobre un pañuelo blanco para


verle el color. Y vio que el polvillo estaba hecho de


cuatro colores: negro, verde, azul y oro. Luego cogió


una seda y pasó el oro, que era lo más fino; en una


tela de lino pasó el azul, en un harnero el verde y


quedó el negro.

De los cuatro polvillos usó el primero, que era el de


oro, para dorar picaportes; con el segundo, que era 


azul, se hizo un relojito de arena; el tercero, que era


el verde, lo dio a su madre para teñir visillos, y con el 


negro, tinta, para aprender a escribir.


La madre se puso muy contenta al ver las industrias 


de su hijo, y en premio lo mandó a las escuela. Todos 


los compañeros le envidiaban allí la tinta por lo 


brillante y lo bonita que era, porque daba un tono


sepia como no se había visto. Pero el niño aprendió


un alfabeto raro que nadie le entendía, y tuvo que


irse de la escuela porque el maestro decía que daba 


mal ejemplo. Su madre lo encerró en un cuarto con 


una pluma, un tintero y un papel, y le dijo que no


saldría de allí hasta que no escribiera como los


demás. Pero el niño, cuando se veía solo, sacaba el


tintero y se ponía a escribir en su extraño alfabeto,


en un rasgón de camisa blanca que había encontrado


colgando de un árbol."






¿A que entran ganas de seguir leyendo...?

Nota: Siempre me gustó pronunciar Alfanhuí
con la h aspirada. Me suena mejor así.

12 comentarios:

  1. Al margen de Ferlosio y su obra, me ha interesado mucho tu expresión "letraheridos". Me parece que se ajusta de forma precisa a quienes se inician en la lectura y quedan tocados para siempre por ella.

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    1. Hola.

      Francisco, la expresión "letraheridos" la he sacado del título de una obra de Nuria Amat.
      Lo he tenido en mis manos varias veces, pero no me decidí a comprarlo (ya le llegará su hora...)

      Recientemente, la he vuelto a ver en "El amor de mi vida" de Rosa Montero, un libro que habla del amor por..., ¡sí!: los libros.

      Gracias por tus palabras.

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  2. Claro que sí.
    Si nunca ha sido fácil inculcar a los niños/adolescentes el placer de leer y hoy es mas dificil todavía.

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    1. Hola.

      Es lo que dices Chelo: hoy con tantos aparatejos, más difícil aún.
      En mi caso, intento que compaginen unas aficiones con otras y, si es posible, integrarlas: jugar con los aparatillos y leer para poder jugar con ellos...

      Hasta ahora, parece que voy consiguiendo algunos logros.

      Gracias por tus palabras.

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    1. Hola.

      Me alegra que te haya gustado.

      Y muchísimas gracias por tus palabras.

      Saludos.

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  4. Esta magía de las letras seducen igual como tu texto explicativo, amigo.

    Abrazos

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    1. Hola.

      La prosa de Sánchez Ferlosio y especialmente la de este libro es altamente seductora, incluso adictiva : )

      Gracias por tus palabras.

      Un abrazo.

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  5. Hola.

    ¡Vaya! De este no había oído hablar. El título me parece de lo más divertido, me remite a países árabes, por el nombre que tu pronuncias con "h" aspirada.

    Me parece precioso que, un libro que pusiste en tus manos por primera vez a los trece o catorce años, vuelvas a releerlo con el tiempo. Es una cosa que nadie debe dejar de hacer.

    Los libros que nos marcan no los olvidamos, además, son los primeros los que determinan nuestros gustos y estilos, por eso, para cada persona hay un libro para empezar, y de haber elegido otro, quizás uno que no te gustase, puede que ahora no estuviéramos ninguno escribiendo aquí.

    Es extraño cómo la fuerza de las palabras nos marcan, y cómo su simple combinación logran llegarnos al alma.

    Seguro que este entretenido libro, no sólo marcó tus gustos literarios, sino tu mágico estilo para componer esos poemas tan divertidos.

    En mi caso pienso que mis padres han sabido inculcarme muy bien ese amor a la lectura, que después, he querido encaminar hacia la escritura.

    Creo que el hecho de que un hijo vea a sus padres leyendo a todas horas y la casa repleta a más no poder de libros y más libros con títulos como este, es determinante para fomentar en un niño ese amor hacia la lectura.

    Pienso hacer, en un futuro con mis hijos, lo mismo que mis padres, meter más libros en casa que juguetes, si puede ser.

    Gracias.

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    1. Hola.

      Hay veces en que pienso releer algunos de los libros que hace tiempo me sedujeron.
      A veces lo hago.

      Pero hay tantos otros por leer, por conocer que...

      Así, algunas veces releo sólo los más de entre los más.

      Puede que alguno de ellos aparezca por acá en breve.

      Y sí, si se ve leer en una casa, probablemente se pregunten los hijos: ¿Qué tendrá eso que mis padres se pasan tanto tiempo ahí sumergidos?

      Pues ya lo sabes...

      Un beso.

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  6. Bueno, pues mi ejemplo es diferente, en mi casa no habia libros, mis padres no leian, sin embargo yo desde muy pequeña sentia verdadera pasión por la lectura y sabeis cuál era el mejor premio que mi maestra me podia dar? dejarme leer el diccionario, ahora me parece tan triste que una niña de de 8 0 9 años, no tuviera ni un simple cuento... por eso ahora tengo mi casa llena de libros. Y mi niñez está tan lejos...
    Saludos.

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  7. Leo el comentario de Isabel, y no puedo dejar de contarles que mi marido, al cumplir solamente dos añitos de edad, pidió como regalo "Ese libro que llaman diccionario" (supongo que lo balbuceó, pero se hizo entender). Pues bien, se lo compraron, aunque dudo que lo haya abordado desde tan pequeño. Pero es verdad que se convirtió en un lector precoz y obsesivo...¡por eso tengo montañas de libros que no alcanzo a leer por falta de tiempo!

    Y sí, Secre, tengo ganas de seguir leyendo el libro que describes... Quizás lo encuentre dentro de una de las cajas de libros que voy abriendo. Así espero. Abrazos!

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