16 de junio de 2012
PASEO.
Nos lo contó un amigo común: de cómo un total desconocido puede cambiar tu vida completamente en cuestión de segundos...
El arquitecto H. paseaba un día por la calle con su esposa, su hijo pequeño y un perrito de unos 6 meses que se movía alegre al otro extremo de la cadena que H. sujetaba con su mano izquierda.
Había sido un paseo agradable: una tarde de finales de primavera, una pequeña ciudad de provincias y todo en el ambiente invitaba a caminar relajado, sin preocupaciones, sin sobresaltos.
Faltaban menos de 100 metros para llegar de vuelta al sitio donde vivían. Un paso de peatones que se disponen a cruzar y un Peugeot azul metalizado a toda velocidad por el carril más próximo a ellos.
Ya casi tenían un pie dentro del paso cuando calculan que no va a ser posible cruzar.
El Peugeot frena de manera desproporcionada; derrapa justo cuando sus ruedas delanteras ya pisaban la zona rayada.
De la ventanilla del conductor, además del chunda-chunda habitual, escapa la risa provocativa del chaval de veintipocos que conduce, y su mirada retadora.
El arquitecto H., con su corazón acelerado, sujetando con una mano al perro y, extendiendo el otro brazo, a su mujer y su hijo para que no crucen, no puede evitar silabear: "Eres tonto, eres tonto".
El otro responde a sus palabras con su chulería juvenil y de llevo-mi-chavalita-a-disfrutar.
Espiral de insultos y el joven que salta del coche con una violencia desmedida. Acerca su cara hasta tres, dos centímetros del rostro de H. y le espeta: "¿Qué? ¿Que me vas a pegar?"
H. responde, aún relativamente tranquilo, desfilando por su mente tantos fragmentos de películas y series americanas: "No. Sólo volver a decirte que eres un tonto por haber hecho lo de antes."
El chaval sigue provocando; su cara, todo su cuerpo, cada vez más cerca: "¡Venga! ¡Pégame!"
H. ya no soporta tanta proximidad y, con la palma de la mano abierta, empuja fuertemente el hombro del otro, que recula.
Pero se vuelve a acercar, más enfadado, más insultante. No se atreve con H., quizás menos ágil pero seguro más corpulento. Y entonces, agarra la correa del perro y da un tironazo que levanta al pobre animal del suelo.
Mientras, H. ha sacado con la mano derecha las llaves que porta en el bolsillo del pantalón. Cuando el otro vuelve a acercar su rostro, nota algo metálico rozando uno de los agujeros de su nariz.
Un centímetro de la llave del coche de H. le está tocando, desde dentro.
Sus ojos se desorbitan ante esa amenaza desconocida, inesperada. H., por unos segundos, está dispuesto a todo.
Y ahí llegan las manos de alguien, que separan, que concilian, que devuelven al terreno de lo real tan tremenda situación.
Después, H. supo por su mujer, que eran de un conocido suyo; pero ni siquiera le había visto, ni siquiera había reconocido su voz.
El del coche, se fue al coche, con su novia que ya había bajado también.
H. siguió camino de su cercano hogar con su gente y su perro.
Su vida continuó igual que antes de este paréntesis.
Pero no dejaba de pensar en los instantes, en las horas, en los días siguientes al incidente, que todo podría haber cambiado; que ahora mismo podría estar entre rejas (él, con su claustrofobia), o quizás algo peor.
Aquel encuentro, con aquel desconocido y la posterior aparición del "conocido" que los separó, cambió su forma de ver las cosas, de afrontar las situaciones.
Aprendió una lección que jamás olvidará.
Y ahora, siempre en los pasos de peatones, espera a que el coche se detenga totalmente, le da las gracias con la mano y pasa al otro lado sin querer cruzar su mirada con las de los conductores.
Camino trazado por
El Secretario
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Junio'12 - Personas que tocan tu vida
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Esta situación, a lo largo de mis años, la he comprobado muchas veces, y ahora. siempre espero que pare del todo el coche aun que esté el semáforo en verde, porque en una ocasion a puno estuvo de arrastrarme una moto que se conoce tenía mucha prisa, y tuve que echar un paso atras.
ResponderEliminarEs verdad. que siempre hay que pensar ¿que hará el que tiene que parar ??? ¿parará, o apretara el acelerador???
Un abrazo
Leonor
En los pasos de peatones hay que tener mucho cuidado, mirar a los dos lados y esperar a que el coche esté completamente parado, porque si no puedes encontrarte en una situación como la de H.
ResponderEliminarEstas situaciones se deben evitar porque te pueden crear una actuación violenta por una de las partes y la cosa terminar muy mal, hasta llegar a las manos, por eso hay que esperar y respetar, tanto el vehículo como el peatón, la señalización tanto vertical como horizontal de las vías urbantas e interurbanas.
Dices en tu comentario en mi blog que compartimos amigos en la red y que has saltado al mio desde uno de ellos y te encuentras como en tu casa, gracías por ello.
Un ojeneto en Sevilla, Ojén es muy bonito, Marbella también lo es, está muy cerca de Ojén, tú lo debes saber.
Un abrazo de esta nueva amiga bloguera de Marbella
Cuantas veces vemos situaciones similares a las del relato, con un final no tan agradable
ResponderEliminarUn abrazo
Hay situaciones en esta vida que sacan lo peor de nosotros. Y si tenemos suerte, como H, aprendemos de ello para no volver a caer.
ResponderEliminarhay gente buena y aquel conciliador fue bueno
ResponderEliminarKarina que tremenda historia y muy aleccionadora, tal vez fue un angel el que intervino para calmar los animos, pero es verdad que no todas las historias como esta tienen un final feliz, asi que mejor prevenir que lamentar.
ResponderEliminarUn abrazo grande.
Buenísima historia de cada día en cualquier lugar.
ResponderEliminarLos semáforos son la pesadilla del peatón y la del conductor. Me imagino que H. pertenecía a los dos miembros
ResponderEliminarde esta saciedad. En uno u otro caso siempre nos parece tener razón. La vida es a veces tan difícil, que es mejor
pasar por alto muchas cosas y aprender, como en este caso, una buena lección. Un abrazo.
La vida pone a las personas en unas situaciones complicadas a veces, sin que tu lo pretendas. De nosotros depende actuar de una u otra forma y las consecuencias serán distintas. Buena historia que me hizo reflexionar.
ResponderEliminarNo he podido evitar emocionarme, pues yo misma podría haber sido la hija de H. y haberme quedado muy dejos de (o sin) mi padre.
ResponderEliminarMejor pensar un poco las cosas, pero todo ocurre tan deprisa...
Me alegro de que H. aprendiera de esa horrible experiencia; pero las experiencias horribles son las más necesarias, te enseñan y te hacen crecer como persona, para no cometer los mismos errores, aunque siempre los seguimos cometiendo, pero mejor contamos hasta 10 y seguimos con nuestro perro a casa, sin sobresaltos.
No me esperaba un relato así, las personas que nos influyen no siempre son para bien. Aún así, tan bien escrito que podía hasta situarme en la calle de lo ocurrido.
Un instante y la vida puede cambiar para siempre. Tu relato es una lección de lo que no debemos dejar que nos ocurra, a pesar de que no es fácil controlar las provocaciones que nos hagan perder la calma. La ira es una mala consejera. Un saludo
ResponderEliminarUn bella historia. Mis felicitaciones.
ResponderEliminarTodo puede cambiar en cuestión de segundo, también la vida. Es tremendo realizarse cómo influye en los comportamientos todo lo que se relaciona con la circulación; las reaciones de tanto conductores como peatones sin imprevisibles en ocasiones.
ResponderEliminarUna historia muy bien contada que hace reflexionar.
Un abrazo.
Había leído ya este relato, Secre, pero alguien me interrumpió y no dejé comentario.
ResponderEliminarEs impresionante como nos haces ver que un paseo apacible puede convertirse en una tragedia... ¡en un instante!
Es una pena que la gente esté siempre apurada para llegar a cualquier lado.
Supongo que ha sido así desde que el hombre es hombre, pero hoy día los vehículos son poderosos, ni hablar de las motos.
Quizás la crisis económica nos obligue a inventar modos de viajar más lentos. Por mi parte, añoro los trenes de antes, cuando se podía abrir la ventana, ver los paisajes y los pueblos en detalle en lugar de un "flash", y mucho más.
Tu relato es una lección; me gusta como expresas el dramatismo con sencillez, pero poderosamente.
Abrazos de Sylvia.